Sobre comienzos y finales (columna revista Babia, 2007).

NOTA REVISTA BABIA NOV 07

Las cosas empiezan y terminan, Inés, me dijo mi prima cuando me contaba que se divorciaba. Estábamos en el casamiento de otra prima de cuarenta y seis años que se casaba por primera vez y no se privaba del vestido blanco, del tul, de la torta con cintitas ni del cotillón. En ese momento la novia arrojaba el ramo de espaldas a todos y sus amigas cuarentonas daban grititos y jugaban a disputarse el ramo y a que la fortuna les traería el recambio de marido. Un rato después un montón de gente bailaba a los saltos con los brazos en alto, adornados con sombreros de felpa con cuernos o pelotas colgantes de resortes, pelucas afro de colores, guirnaldas hawaianas, antifaces y pulseras luminosas. Algunos sostenían vasos mientras bailaban. Miré a mi prima a ver si pescaba una pizca de tristeza. Justo se levantaba y comenzaba a bailar estilo odalisca, giraba el abdomen como nunca pude lograr en gimnasia. Al lado mío roncaba un arlequín cubierto de papel picado y yo también cerré los ojos, me concentré en la música. Quería seguir hablando con mi prima, consolarla y animarla, ¿acaso no había sido el marido el que se había ido?
Si no nos gustan los finales. Ningún tipo de final, ¿o sí? Son insinuaciones de nuestra propia finitud. Por eso cuando algo termina, tus amigos “psi” te dicen que necesitás “hacer el duelo”, hacerte cargo de la pérdida. Y ves que les pasa a las madres quienes, apenas después de parir, se pescan la angustia post-parto a pesar de que tienen a su hijito prendido al pecho. Les vuelve a pasar cuando los hijos crecen y viene el drama del “nido vacío”. Hay que hacerse cargo de lo que está sucediendo, de lo que ya no está, lo que terminó y lo que empieza.
Hace un mes, cuando entraba a la sala de operaciones, un médico le dijo a otro: Tiene frío. Lo dijo porque yo temblaba. Me incorporé en la camilla (casi arranco todos los cables a los que estaba conectada mi espalda) y dije, casi gritando: No tengo frío, doctores, tengo miedo. Era importante para mí registrar que tenía miedo y que ellos me dejaran tener miedo en paz. Al revés que mi prima en aquel fin de fiesta en que me comunicaba su divorcio. Ella parecía empecinada en obligarse a no tener miedo al final de su relación de pareja y a lo que le estaba por venir.
Justo antes de mi operación era el mundial de rugby y una propaganda usaba la frase “soy Puma” para decir que uno es valiente. Cuando los camilleros me vinieron a buscar a la habitación del hospital y trepaba a la camilla que me llevaría rodando a la sala de operaciones, mi marido me dijo: ¿Sos Puma o no sos Puma? Él tenía la mejor de las intenciones, quería animarme a ser valiente. Pero yo quería poder tener miedo. Como si el miedo fuese algo tangible, real, concreto, que no podía esconder ni enmascarar de coraje. Incluso me daban ganas de acariciarlo. Y era yo la que perdería algo en el quirófano. Era un momento de final para mí, saldría de la anestesia distinta. Parecía como si de golpe me hubiese cansado de mostrarle al mundo que me sacaba 10 en todas las pruebas. El mundo no tenía nada que ver con mi pequeño y privado final. Y no sería menos valiente por saber que tenía miedo. Además, ¿no sería justamente eso lo que mi cuerpo me estaba diciendo, al enfermarse: no escondas? No lo escondas de vos misma. Entonces vendrá el valor que creés que el mundo te exige.
Fue tan importante entender eso. Quería poder decírselo a mi prima, que ahora tomaba un trago color verde, pero no quería colarme adonde no me llamaban. Recordé que otro amigo con quién charlé el día antes de la operación, me había acusado de dramatizar cuando le dije que tenía miedo. Él se mudaba ese mismo día con su novia nueva, dos años después de que lo dejara su mujer, madre de sus hijos, y decía que estaba de lo más tranquilo del paso que daría. No pasa nada, insistió. Se iría a vivir con una mujer nueva y la hijita de la mujer nueva y no pasaba nada.
No era nada del otro mundo, está bien, pero ¿qué tenía de malo reparar en ese cambio, en el fin de su temporaria soltería y comienzo de nueva convivencia?
No sé.
A veces uno usa frases hechas para zafar de la conversación. Mandás el enunciado al estilo de te aviso, nomás, como las participaciones de casamientos, y después tapiás la charla con el cartel de “prohibido pasar”.
Ojalá sea así, que mi prima y mi amigo nomás no tenían ganas de compartir el bardo. Y que no lo tapiaban de ellos mismos. Eso sería un rollo mío, nomás, que vivía un final y un comienzo con conciencia por primera vez.
Y a fin de año todos andamos con sensación de cierre. Termina otro año y hay que sopesarlo, ¿o no? Algunos dicen que el calendario les importa un pito. Yo prefiero repasar el año que se va y pensar en lo que espero del próximo, lo que deseo, lo que temo que traiga. En el dar un paso adelante en mi vida.
Incluso soñar.
Los griegos entendían el verbo “ser” como “permanencia” Vos sos. Aristóteles le dio una vuelta de tuerca e introdujo la idea de que todo sujeto aspira a “ser”, como decir “llegar a la perfección” y entonces el sujeto permanece a través de los cambios. Lo que cambia es la predicación del ser, lo que va modificando a ese ser mientras se da la kinesis, el cambio.
La idea sería que todos esos finales y comienzos en nuestras vidas nos fuesen llevando a avanzar, ascender, escalar en quienes somos, ¿no?

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