Joyce Carol Oates y Larsson

Dos de los libros que leí últimamente son LA HIJA DEL SEPULTURERO de JOYCE CAROL OATS y LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES de LARSSON. Cuando empecé el de Larsson sentía un gusto especial, estaba leyendo un libro que podía comentar fácil, lo veía en las manos de “todo el mundo”. Pero no me gustó nada y no me divierte hablar de los libros que no me gustan. En especial en casos como el de la trilogía de Larsson, porque respeto mucho que alguien consiga hacer lo que hizo mister Larsson; entretener a tanta, pero tanta gente. Tengo dos amigas muy buenas escritoras inteligentísimas a las que les fascinó Larsson. Pero yo no pude seguirle el juego. Lo terminé a los ponchazos, con la intriga de “a ver cómo lo cierra”. Y lo cierra con una familia disfuncional. ¡Disfuncional! Disfuncional tu familia, la mía, la del vecino. Pero no me digas que es disfuncional la del papá que viola al hijo, a la hija, obliga al hijo a violar a su hermana para él vichar y después otros días llevarlos de cacería de mujeres para violarlas y torturarlas y de postre cortarlas en pedacitos y entonces la nena se harta del pene del padre y lo mata pero mmm, el hermano es testigo y encima el nene quiere seguir el jueguito entonces ella se las toma y el nene crece, se hace presidente de la mega empresa y sigue con las cacerías y las presas van a parar a una sala adaptada para esos jueguitos. Y, no, esos hombres no amaban a las mujeres. Eso sí, el periodista que investiga por qué desapareció la nena hace 30 años es súper cool y la chica que lo ayuda una genia en informática, tiene memoria fotográfica, una linda freak recontra valiente y todas estas habilidades espectaculares se las consiguió ella solita porque dejó el colegio porque we don´t need no education. Mmm. Una pena, la verdad, me moría de ganas de quedarme pasmada con la historia. Sobre todo porque cuando lo empezaba, creí que el autor me iba a correr la cortina de los titiriteros de la economía sueca. De ellos sólo me enteré de que son corruptos a cuatro manos. Y malos. Sádicos. Es que en esta novela, los “malos” son recontra malos.
En cambio LA HIJA DEL SEPULTURERO es una historia de supervivencia. De cómo un personaje, luego de vivir un extremo acto de violencia, no cae en el trauma sino en la liberación. El espanto le da la oportunidad de un nuevo comienzo. Y luego un segundo acto de violencia le vuelve a dar la oportunidad de reinventarse; esta vez no sólo por ella misma sino también por su hijo.
Me hicieron ruido algunas “pistolas de Chejov” que nadie dispara. Chejov decía que si vas a poner una pistola en los primeros capítulos, alguien tiene en algún momento que dispararla. La huida de la heroína de su marido violento y la tensión posterior por la posible y muy probable reaparición del matón para que un nuevo acto de violencia le arrancara su nueva vida, es demasiado fuerte para que después la chica se entere por una llamada telefónica de que el hombre murió en su ley, en la cárcel, y no la va a molestar más.
También me hizo ruido el encuentro entre el marido violento del que después la heroína huye, y su hermano, para que después no pase nada con eso. Ni que hablar cuando más tarde ella se encuentra fortuitamente con el segundo hermano, otro resabio de la vida que abandonó de lleno, una pistola de Chejov que te avisa que estés atento porque algo va a pasar. Pero no.
Ella sobrevive en su reinvención de identidad dándose a sí misma, gracias a la astucia con la que los dos actos de violencia la equiparon, una vida tranquila y burguesa. Y Oates te muestra esa vida burguesa llena de rajaduras, como los son todas, aún “in America”. El epílogo, con las cartas entre la heroína y la prima perdida le proporciona, en la vejez, el podría haber sido de su pasado y eso está buenísimo porque cruje. Te muestra lo fútil que al final fue todo. Uno se rompe el lomo en la lucha de la vida y al final nadie te agradece el esfuerzo ni evita que te mueras, como todo el mundo. Hubiese preferido que ese papel le correspondiera a alguno de sus hermanos, ya que en toda la novela quedó pendiente su regreso, y que entonces el pathos de la historia no se corriera a uno medio ajeno, el del Holocausto. Pero bueno. Las novelas buenísimas permiten imperfecciones; ¡la vida humana es imperfectísima!
Gracias, Oates. Ni hablar si después hacés una escalita en Cecil Beach de McEwan y aterrizás en Larsson.

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