Marcela Solá sobre Chicas bien (2007)

juliogirondoChicas bien es un libro en el que ninguno de sus personajes está cómodo en su vida, si bien no saben por qué y no se hacen ilusiones acerca de ella. Sólo tienen una vaga ansiedad y la sensación de que algo falta, de que algo no está bien, de que en alguna parte, la vida los ha decepcionado. El estilo llano y despojado de la escritura acompaña como un traje a la idiosincrasia de los personajes. Roberto Arlt decía que el lenguaje es como un traje, hay razas a las que les queda bien un determinado idioma, otras, en cambio tiene que modificarlo, raerlo, pulirlo, desglosar giros, inventar sustantivos. El libro tiene un estilo de escritura casi monocorde que se adapta como una tela a la vida chata y uniforme que llevan todos, razón por la que sueñan con haber hecho lo que no hicieron y lo que -saben en el fondo de ellos mismos-, jamás harán. El traje que Inés Arteta ha cortado para contar estas historias, corresponde absolutamente a las medidas de la gente que vive dentro de su escritura, un lenguaje nada afectado, sino por el contrario tan natural que nos parece estarlo escuchando en vez de leyendo. Un traje por cierto bien estrecho, que no les permite piruetas y que los confina a las medidas prefijadas. Un traje que ya tiene las medidas del futuro ataúd. El sobretodo de madera, si nos atenemos al dicho popular.
La vida se les escurre entre las manos, a estas mujeres y hombres, están siempre una paso atrás de lo que podría cambiarles su circunstancia pero no pueden evadir su destino de completa mediocridad. No pueden fijar un deseo, son personas atrapadas en la telaraña de una vida que ha perdido sentido. Hacen incluso las cosas agradables sin que el placer intervenga en ello. Riegan rosales, cuidan niños, miran televisión, los programas que todos miran, beben en cafés con amigas, y envejecen sin poder detenerse. A estas mujeres no se les ocurriría, tampoco, como a Fausto en su último momento, decirle al segundo “detente, eres tan bello”, sino que le dicen “detente, soy tan bella todavía” y hay algo en ellas de cuento de hadas, de madrastra de Blanca Nieves, mirándose en el espejito y preguntándole quién es la más bella. Porque la belleza no está en la vida sino en sus caras operadas, estiradas, llenas de botox, están solas, abandonan o son abandonadas, pero todo lo hacen como si fueran funciones de la especie en general, no como individuos. No hay más belleza que la que el espejo devuelve. Una de las protagonistas de un cuento comienza a canta la canción de Sui Generis, “hubo un tiempo que fue hermoso y fui libre de verdad. Guardaba todos mis sueños, en castillos de cristal”. Pero lo que nunca podría reconocer es que jamás fue libre de verdad, porque si no estaría donde está, que los sueños se guardaban en castillos de cristal, porque no pasaban de ser cuentos de hadas, que no tiene consecuencias en la vida, en la realidad. En estos cuentos, las mujeres hablan mucho, si bien sienten que nadie las escucha, se hablan a sí mismas, pero ellas también hace tiempo que han dejado de escucharse, si es que alguna vez lo hicieron. Su contraparte, los hombres que comparten su vida, las usan, las traicionan, las dejan, sin que se les haya ocurrido dejarlos antes.

Albert Camus dice que la única pregunta que la filosofía debe plantearse es la siguiente: ¿vale la pena vivir la vida? y concluye que si alguien se suicida nadie tiene el derecho de cuestionarlo. Pero los personajes de Chicas Bien, hace tiempo que sobrepasaron esta pregunta, porque se encuentran más bien en el estado analizado por Durkheim, cuando asegura que el suicidio está más ligado a una crisis social que a causas personales. Y se refiere a la “crisis”, no como a la abundancia o falta de dinero, sino a una falta de reglas, a un desequilibrio de las normas, una suerte de falta de control, entendido el estado de desequilibrio de la reglas como ese estado en que se han perdido los límites y toda clase de referencia, a raíz de lo cual irrumpe ese tipo de tristeza que surge cuando todo da lo mismo, cuando no hay nada que establezca una diferencia, cuando ya no puede cambiar nada. El individuo, dice entonces Durkheim, siente que la sociedad no está hecha para él. Durkheim llama a esa tristeza: “el suicidio anónimo”. El medio en que se mueven los personajes de Chicas Bien, ha sido afectado por este suicidio anónimo. Las chicas bien habitan en medio de un gran desamparo. Las Chicas Bien no están muertas, pero tampoco vivas. Lo contrario de la vida no es la muerte, es no vivir.
Si lo vamos a ver desde el punto de vista de la esperanza, este es un libro desalentador. Sus personajes no tienen escapatoria, por debajo si bien no está expresada, corre una profunda tristeza, más punzante aún, porque sus personajes ni siquiera pueden experimentarla. Sólo intuyen que se están perdiendo algo, como el personaje que sin quererlo tiene que asistir un parto en su propio automóvil, e intuye, muy confusamente, que en el hecho de nacer puede haber algo maravilloso y se siente atraído por ese acontecimiento. Creen saber, de manera difusa, que hay otras formas de vivir, que tal vez hay gente que, en otras partes, es feliz, pero no tienen fuerzas para intentarlo y no saben cómo hacerlo tampoco.
Inés las ha pescado en todas sus trampas, y las ha expuesto en toda su desnudez, con un lenguaje desnudo. Es curioso que la vida de esa gente tan poco interesante resulte interesante de leer. Y eso se debe exclusivamente a ese lenguaje desguarnecido utilizado por Inés, que los ha pescado en todas sus trampas y los ha expuesto en toda su desnudez, con su herramienta literaria, una escritura escueta y desprovista de vueltas.
En un sólo cuento, “Dos chicos”, aparece un atisbo de esperanza. Allí, la protagonista al contarle a su hijo la historia de cómo fueron los principios de su vida cuando ella y su marido eran jóvenes, y el chico solo un bebé, rescata un intersticio por donde recuperar el sentido de la vida, al recordar cuánto se amaban. El amor presta sentido a una vida. Es uno de los momentos de respiro del libro.
En el cuento “Reina”, la protagonista dice “Me regodeé con la idea de placeres puramente epicúreos: yo como sólo cuerpo”. La identidad reside en la corporalidad, y desde allí, las chicas bonitas han intentado la aventura de la libertad. Y lo saben todo del sexo, sólo que ignoran todo del erotismo. Este elemento está curiosamente ausente de todos las vidas de los protagonistas. El dios Eros ha hecho mutis por el foro, y sólo queda la sexualidad desnuda. Eros, en la posmodernidad se ha convertido en pareja humana encerrada en su dualidad doméstica. El amor ha perdido trascendencia, se refugia en un dormitorio, en un living calefaccionado, en una visita dominguera y familiar, en una aventura pasajera, en un comercio bien pago aún entre marido y mujer, como en el cuento “Hotel Ritz”. La pareja burguesa empequeñece a Eros. Se puede alegar que ya no se aspira a la pareja burguesa. No obstante, ese tipo de relación amorosa (la pareja burguesa) se esconde o sigue vigente, aunque travestida detrás de nuevos término. Ese empequeñecimiento humano, esa desnudez que aparece por todos lados suele ser el primer peldaño de la humillación. Los torturadores, en general, la primera agresión que le infringen a su víctima es desnudarla. De allí tal vez, esa sensación de continua humillación por la que transitan los personajes, expuestos a la mirada ajena que los clava en su identidad como la aguja de un entomólogo a un insecto. Las Chicas Bien son miradas, admiradas, y entonces existen. Pero los otros también son cuerpos. Cuerpos que a su vez son mirados, escuchados, olidos, palpados y petrificados en la mirada. El cuerpo está tratado como objeto, de sufrimiento, de placer o de enfermedad. Pero siempre como un apéndice exterior. De alguna manera está completamente desconectado de la interioridad, de una interioridad ausente, por otra parte. De esa interioridad ligada de alguna manera, a lo que llamamos espíritu. Y finalmente, este es el rasgo más impresionante de los protagonistas de estos cuentos, la completa y total ausencia de lo que conocemos como espíritu. Ese espíritu que también lleva el nombre de Eros y que, ensimismado, al decir de Ester Diaz, termina agotado, no solo en el amor de pareja posesivo, también en cualquier otro tipo de adicción u obsesión, tal como el trabajo, la comida, la bebida o la droga. Esta muerte y desaparición de Eros en la vida cotidiana, es lo que Inés Arteta, en Chicas Bien, ha plasmado con un buen oído muy particular y una justa escritura.
Marcela Solá, octubre 2007

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