Que el muerto espere

img_0354El matri era en el pueblo de Cajitas, a una hora en carro desde Bogotá. El matrimonio de Camila y Daniel Andrés, a la 1 y media, en la catedral de la Inmaculada Concepción. Por supuesto, la catedral queda en el centro del pueblo, frente a la plaza principal.

A la 1 del mediodía llegaban los parientes y amigos engalanados. Se saludaban y hacían conversación respecto de la elegancia o esplendor de cada uno (me explicaron que aquí burgueses tanto hombres como mujeres van a la peluquería para este tipo de eventos, y peluquería no implica sólo “pelo” (que ojo xq acá no significa cabello, así como cachucha significa gorra) sino también manicura y para las mujeres un maquillaje que aguante más de 8 horas de rumba). Mientras tanto se acercaba la hora en que llegarían los novios y el pueblo se iba acercando. Adentro de la catedral, el techo y las paredes con altura para envolver música. Austera de estatuas de santos y santas, parca de vitrales, de adornos, un cartel que indicaba que Dios te llama pero no por teléfono así que por favor sé tan amable de apagar el celular en la iglesia; y reclinatorios acolchados como para arrodillarse un rato largo sin dolor.

Todos juntos entramos a las corridas segundos antes que el novio, que hizo su entrada de la mano de su madre y regados por el preludio al Te Deum de MarcAntoine Charpentier. Enseguidita la novia y su padre con Haendel. Los novios leyeron juntos del Cantar de los Cantares, (pero después nadie supo decir cuál). En el momento de jurarse amor para toda la vida delante de Dios, lo hicieron rodeados por los padrinos y por sus padres. También que se regaron uno a otro pétalos de rosas rojas como símbolo del deseo de compartir lindos momentos.

A las 2 había un funeral ahí mismo, pero que el muerto esperara en la puerta, el matrimonio colombiano es con misa y dura una hora y al final los novios firman el acta civil matando dos pájaros de un tiro. Y todo con el contigo aprendí de Armando Manzanero. Salieron con La Rejouissance de Haendel y fuegos artificiales tac tac afuera, invisibles culpa de la luz del sol.

La fiesta nos recibió con dry martinis y aguardiente y estuvimos sentados en preciosas mesas de colores anaranjados, rojos y amarillos y con centros de mesas en floreros de piña (ananá), cada uno con su nombre en cartelitos floridos y más aguardiente y whisky y nada de comida al punto que los invitados se triplicaban delante de mis ojos y mi cabeza me proponía cualquier cantidad de obscenidades que me resultaban chistosísimas y me daban ganas de agarrarme la barriga y doblarme en dos para reírme más fuerte y cómo hacían los triplicados otros en sostener conversaciones dentro del rectángulo lógico de la conciencia y no se desternillaran de risa de lo que les presentaba la inconciencia y de golpe me encontré ensayando una conversación sobre el realismo mágico y después sobre Héctor Habbad y enseguida sobre Fernando Vallejo y oí que nadie en Colombia quiere a Gabo porque no valía ser de izquierda y tener millones y ser un avaro. Ni tampoco arruinar Cartagena con una casa de una manzana y toda modernizada y ni un peso para el ayuntamiento cuando le solicitaron una donación pensando que sería fácil siendo de izquierda y con tantos millones.

Lo que más me fascina de los colombianos es su protocolo e inocencia. Por ejemplo: si usted es tan amable, ¿podría pasarme el vino? O: Me da pena con usted, agente, pero necesitaría parquear el carro aquí unos minuticos. Todo el mundo se trata de usted y rumba, vallenato y plancha (música de muchachas, y muchachas son las niñas que limpian las casas) y más whisky y aguardiente (un jugo de anís que adoraron los caciques de toda Latam porque, (lo he comprobado) te permite pasearte a un metro del suelo y ser inmensamente feliz como si nadie pudiera dañarte. Comer platos con ración de hormiga (es que si uno come, no rumbea, así que esa es la “dinámica”) y ni idea qué hora sería, ya, porque si el sol que se guardaba detrás de las sierras diciéndome que moriría mañana, eso sería graciosísimo. Lo mismo que si me dijese que moriría de hambre ahí mismo o me sermonease que encontrara de una vez mis zapatos con tacos de cuchillas debajo de la mesa y ponerme bailar en ayunas salvo por los vasitos de jugo de anís. ¡Fondo blanco!, propuso un comensal que dijo ser urólogo y su señora odontóloga (acá todas las mujeres son profesionales y no sé de dónde uno saca que en Colombia serían machistas, tal vez las paisas, nomás, dicen, porque ellas son sordas, ya que cuando uno les dice que se sienten, se acuestan). Ese señor me recordaba a los caciques y por qué no, perder la mente conciente y raspar el cielo o el sol o la deidad y mezclarse con el universo.

Pensé en el muerto, tendido en su cajón para siempre. Me pregunté si se sentiría solo. O si ahora estaría frente a la magia.

 

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