Terminé de rerererecorregir la 3ra versión de Las Pereira

img_0592-1Así comienza: Es bien sabido que los humanos se conocen a sí mismos recién cuando se
oyen contar su historia. Empecé a pensar en eso cuando en julio del año 2000 viajé a General Pico para levantarme a un tipo y mientras el tipo asaba un chancho en la parrilla de la chimenea, hablaba y hablaba y yo me achicharraba de fracaso. Debí de haberme dado cuenta del fiasco ni bien llegué y vi al chancho sobre la silla de la cocina con cartas de truco en las pezuñas. El tipo me había prometido cerdo al tomillo y cuando me bajé del remis que me había traído de la terminal de ómnibus, el tipo le sacaba fotos al chancho muerto haciendo que jugaba al truco en la cocina. A las tres de la mañana el chancho aún estaba rosado sobre la parrilla, el tipo lo adobaba con un pincel y empezó a contar del pozo de Cafulcurá, soberano absoluto de la nación mapuche y de las pampas durante cuarenta años, que había muerto de viejo y de pena y rodeado de la chusma, es decir, mujeres, y yo chamuzcada sobre el sofá en un entrevero de autocompasión y rabia. Contaba que Cafulcurá había sido sepultado con los honores de un gran cacique y en su tumba enterraron sus ponchos, armas, platería, sus mejores caballos, sus mejores mujeres, varias cautivas huincas y unas veinte botellas de anís y ginebra. Que seis años más tarde, unos soldados de la Campaña al desierto de Roca habían profanado su tumba, se tomaron las botellas de anís y ginebra y mandaron sus huesos al Museo de Ciencias Naturales de La Plata. A esa altura mi cabeza rehogaba frases de frustración y de repente escuché que General Racedo, la ciudad vecina, contaba que en ese pozo o en esa tumba ahora había otros huesos, los de Emilio Pereira, el dueño anterior al anterior dueño de La Deseada. Cuatro segundos después yo había llegado a la puerta buscando aire y llegué a oír, como el coletazo de un eco, que nuevos militares decididos a aniquilar una desempolvada otredad, al mismo tiempo que enriqueciéndose conla gestión, habían tirado el cadáver de Emilio Pereira ahí.

Así fue cómo comenzó mi interés por esta historia. Me fui a dormir pensando en la manera en que la gente resuelve por qué pasan las cosas que pasan y desperté preguntándome cómo contarían esta historia, sus propios personajes.

Por ahora, llámenme “narradora”…

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