Granito de polvo

Marisa Kohen
Marisa Kohen

Te pasás años remando algo, fuerza y fuerza contra una corriente más poderosa que vos. De repente te desesperás y dejás caer los brazos, llorás con la cabeza apoyada sobre los puños que aferran los remos y en pleno llanto te preguntás por el sentido de hacer tanta fuerza frente a una corriente que parece cosmológicamente en contra de tu esmero. En ese momento estás cocida a punto para que cualquier pavada te resulte una epifanía que te ponga a seguir remando como una enajenada.

El sábado anterior estabas en un casamiento, toda vestida y maquillada, y algunas de tus neuronas venían piloteando la “pequeña charla” con las personas a tu alrededor. El resto de tus neuronas estaban ocupadas por la esquizofrenia de la literatura, aquel mundo ficticio más verdadero que el real. De repente escuchaste la pavada epifánica, (la ficha cayó tres días más tarde, cuando enlazaste este relato con otra cosa que te sucedía): contaron que un cirujano plástico escribió un libro narrando un descubrimiento que había hecho sobre el trillado asunto del auto-estima. Contaron que el tipo le operaba la cara a personas con deformidades, personas que llegaban a su consultorio porque no podían vivir más con su apariencia. Tanto les afectaba la fealdad como para someterse a una cirugía, con todo el riesgo que eso implica. El cirujano notó que las personas se miraban en el espejo deslumbradas por el transformación y que esa transformación les cambiaba la vida gracias a la seguridad con la que empezaban a desenvolverse a raíz de verse “nuevos”. Pero también notó que había otros que seguían atrapados en la antigua imagen de sí mismos y no lograban cambiar. Este asunto le produjo el deseo de contar el descubrimiento de que la visión de uno mismo es algo que se produce en la época antediluviana de cada uno.

Dos días más tarde, después de un día intenso de remar contra la corriente, de desesperarte buscando fuerza allá arriba en tu cuartito de la azotea, al mismo tiempo que pensando qué más hacer, qué truco se te podía ocurrir para ganarle a esa fuerza atroz en contra tuya, obviamente que con la angustia que es como una garrapata de cincuenta centímetros en el pecho, una guacha que se dedica a boicotear semejante esfuerzo, y de repente llegó la hora de salir a dar una clase. Saliste del cuartito de la azotea, lo que significa recomponerte, maquillarte con anti-ojeras y disfrazarte de persona normal como cualquiera de las que se ven en la calle. Tomaste los libros y las fichas, las colocaste en el porta-libros de la bici, te pusiste el casco y pedaleaste hasta donde dabas la clase. Te sentías débil para dar esa clase pero estás entrenada como actriz así que llegaste con la sonrisa y el gesto de que la literatura es el mejor amante que una persona pueda tener. El lugar estaba oscuro y cerrado y sonreíste mientras ayudaste a abrirlo e iluminarlo. A los cinco minutos llegó el dueño del lugar y te contó un episodio absolutamente ajeno a vos que había motivado un boicot de la clientela al establecimiento, y que, en lo referido a tu curso, implicaba un faltazo de todos “tus alumnos”. Escuchaste el cuento con la mitad de tus neuronas compadeciéndose de vos, en el clásico todo me sale mal, quién me manda a dar este curso aquí, para qué sirvo yo si ni siquiera sirvo para lo que sirvo, no hay lugar para mí en el mundo, Sísifo no tenía razón en no suicidarse, qué tipo imbécil,mientras que la otra mitad deliberaba si lo que estabas escuchando era “un cuento”, es decir si era literario, si los personajes tenían algo interesante y “decían” algo, o estaban demasiado rayados para ser interesantes y no te dabas cuenta porque hoy en día la gente anda casi toda quemada. Y entonces apareció una sola alumna, ajena al boicot. Inmediatamente ofreció irse, por respecto a vos, dijo, no ibas a darle una clase particular sobre Borges. ¿Por qué no? Quién eras vos, de cualquier modo, para dar una clase sobre Borges. Te dijiste que tenías una hora y media por delante para disfrutar. Y la disfrutaste como se disfrutan las cosas eróticas; con el cuerpo, el alma y las neuronas. Cuando terminaba la hora y media, la alumna particular comentó que la clase había sido un lujo. Que qué bien explicabas a Borges. Que ella había ido a montones de lugares importantes a escuchar a gente importante hablar sobre Borges y, o no había entendido nada, o la trataron de tonta y le explicaron estupideces. Pero vos tenías capacidad de síntesis. Y claridad. Ahora no sabés qué más dijo, porque en ese momento te sentías un granito de polvo sobre la silla, uno con la forma de perrito faldero que movía la cola tratando de no descreer lo que oía.