Venta de humo: la integración de la Villa 21/24, en Barracas, a la Ciudad de Buenos Aires es una batalla cultural

–Me metí en la política para desenmascarar a muchos vende humo que se llenan los bolsillos a costillas de mi barrio –dice Cristian Heredia, presidente de la Junta Vecinal de la Villa 21/24, en Barracas.

Cristian tiene 36 años, el pelo corto oscuro, y mirada melancólica. Sus brazos están tatuados por completo, usa un aro de brillante en una oreja, una perlita roja en la otra y un collar de cadena con una imagen del cura Brochero.

Me recibe en la entrada del galpón de la CIC (Centro de Integración Comunitario, dependiente del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación), que está en obra. Los demás miembros de la Junta Vecinal toman mate en sillas de plástico en la entrada del galpón.

Una Junta Vecinal es una organización comunitaria que representa a los vecinos de un barrio en el que el Estado está ausente. Actúa como puente entre las necesidades apremiantes de los vecinos y el Estado Municipal o Nacional. En los barrios donde hay presencia del Estado, las Juntas no son necesarias porque los vecinos resuelven sus problemas llamando al número gratuito de atención ciudadana –147– que es para reclamos: un árbol caído, veredas rotas, un bache en una calle, una luminaria que está quemada, la presencia de manteros “trabajando ilegalmente en la vereda”, etc.

En la Villa 21/24, como en las demás villas, los vecinos deben recurrir a la UGIS, (Unidad de Gestión de Intervención Social), que depende de la SECHI (Subsecretaría de Hábitat e Inclusión, que, a su vez, depende del Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires). Los problemas de estos barrios aún no integrados a la ciudad, son emergencias: una inundación, un incendio, el pedido del camión atmosférico porque un pozo negro se tapó y desborda en plena calle, el suministro de agua potable o de un cable preensamblado para “colgar” viviendas al transformador que Edenor dejó en la periferia para que los vecinos se las arreglen.

Los vecinos, en vez de llamar al 147, acuden a los curas villeros o a la Junta Vecinal. Ellos, a su vez, llaman a la UGIS.

– Los “vende humo” son las organizaciones políticas de gente que no vive en el barrio y venden una labor social que no hacen –dice Cristian–. Hablan de vecinos que no conocen, de realidades que ignoran. Por esa mentira, se llevan réditos a un nivel más alto del juego político. Puede alcanzarles con venir un fin de semana a dar una clase de apoyo. Para mí, los vende humo son vende patrias.

El presidente de la Junta Vecinal se elige democráticamente. Votan los vecinos. Los del Pro metieron muchísima plata en las elecciones pero Cristian igual ganó, yendo casa por casa escuchando a los vecinos y contándoles lo que quería para el barrio. Antes denunciaba a los vende humo con su música. Tenía una banda y sus canciones eran una herramienta que entonces consideraba más provocadora que la política. Uno de sus temas se hizo famoso por un spot de la Sedronar. En la entrevista dijo que las armas que había en el barrio eran provistas por la policía; que la verdadera arma era el teclado o el violín. El spot salió en todos los medios, sobre todo en “Fútbol para todos”. Fue tanta la exposición que Cristian creyó que la policía lo iba a matar. O sino lo mataban los muchachos que estaban en eso, los transas. Porque ahí en el barrio todos saben quién está en qué. Cristian se resignó a que moriría por una causa revolucionaria de la que alguien se tenía que ocupar. Se sentía tranquilo de haber hablado con la verdad, como la denuncia que había hecho el Padre Pepe sobre las villas como zona liberada. Gracias a que le rezó al cura Brochero, de quien es muy devoto, no le pasó nada. Quizás porque los muchachos le respetaron lo que hizo. Porque alguien tenía que hacer esa denuncia. Después del miedo que pasó, se dio cuenta de que mejor que criticar, es meterse en la política y desenmascarar a los “vende humo” del barrio, que son tantos y de todos los partidos políticos.

Frecuento el barrio Villa 21/24 hace dos años y medio porque me pidieron que escribiera su historia. Una historia de inmigrantes, sobre todo paraguayos que, desde mediados de los años sesenta, llegan a la Ciudad de Buenos Aires en busca de trabajo. La ciudad no cuenta con viviendas acorde con los salarios que consiguen, que tampoco alcanzan para pagar la electricidad, el gas, el agua corriente o el impuesto municipal, entonces la única manera de quedarse, es levantando su propia vivienda en un terreno baldío de potreros con mucha basura. Hoy en día ya no quedan terrenos vacíos, las casas tienen dos o tres plantas y en cada una vive una familia.

Argentina, al igual que Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, Brasil o Uruguay, está considerada como un país de inmigración porque su sociedad se enriqueció con la llegada masiva de europeos a partir del siglo XIX. Para 1930, la mitad de los habitantes de la ciudad había nacido en el exterior. Cuando mucho más tarde empezaron a llegar los migrantes del norte de nuestro país y después de los países limítrofes, la clase media y la clase alta porteña se sintieron invadidas y agobiadas. Empezaron a llamar a este inmigrante “cabecita negra”, “negro cabeza”, “grone”, “groncho”, o “la negraday se buscaron maneras de “erradicar” los barrios de viviendas construidas por los propios habitantes. El gobierno más exitoso en esta “solución” fue la última dictadura, que demolió el 90% de las casas con topadoras. Con el regreso de la democracia, el barrio se repobló. El Estado procuró “radicar” a los habitantes en las tierras fiscales que ocupaban ilegalmente. La titularidad de las tierras se adjudicó a una mutual local, Flor de Ceibo. Durante años recibió el pago de cuotas de los vecinos pero nunca les cedió la propiedad. Terminó siendo una estafa, la venta de otro buzón. La mutual es llamada en el barrio, “flor de curro”. –Acá nadie es dueño de nada –dice Cristian–. La Flor de Ceibo fue un tongo y debería ser intervenida.

La mirada melancólica de Cristian, por momentos, se torna desesperada. De repente se enoja y sus cejas arqueadas se tuercen formando una V invertida y dice, ¿entendés?

El galpón en el que estamos supo pertenecer a la DGI. Está en obra desde la gestión del Cristina Fernández y el ministro Carlos Tomada. En este momento, tres cuadrillas de obreros trabajan ahí pero nadie sabe si con el nuevo gobierno, continuará funcionando como CIC o qué. La misma incertidumbre sucede respecto de todos los avances logrados hasta ahora: la ambulancia, por ejemplo. Las ambulancias no entraban al barrio hasta que la Junta Vecinal logró que el Ministerio de Salud de la Nación les diera una, con chofer y enfermeros del barrio. Walter Britez, otro miembro de la Junta Vecinal, me contó que una semana antes de las elecciones, la Cámpora retiró la ambulancia y todavía no saben si el nuevo gobierno la va a volver a poner. La ambulancia salvaba muchas vidas, porque el SAME no entra si no viene con la policía metropolitana armada hasta los dientes.

– ¡Pero déjame de joder! –suelta Cristian, indignado–. Mirá si alguien le va a hacer algo a una ambulancia.

Después trepamos una escalera reclinada contra una apertura en el segundo piso del galpón. Buscamos un lugar lejos del ruido de los taladros. Esa planta tiene espacios cerrados por paredes de durloc con pinta de futuras oficinas. Vamos a una de ellas y cerramos la puerta. Cristian me cuenta que también hay incertidumbre respecto del cartero. (Cristian me lo habían presentado cuando llegué, un muchacho sonriente vestido con el uniforme azul del Correo Argentino, vecino del barrio). La Junta Vecinal había logrado algo que Cristian considera revolucionario y es que el Correo Argentino pusiera un cartero que lleve las cartas puerta por puerta en el barrio. Por ejemplo: manzana 10, casa 36. Por más que los vecinos no tengan el título de propiedad de su casa, si el cartero le trae una carta con su nombre en el sobre y el sobre llega porque tiene escrita su dirección, él o ella existen. –Eso les da entidad a los vecinos, ¿vos entendés? –me pregunta Cristian y me mira hondo a los ojos, como si mi comprensión fuese esencial.

Mientras tanto pienso en la expresión “vende humo”, –el que genera expectativas que no son verdaderas–. Recuerdo que “vender un buzón” significa “estafar”. Viene de cuando a los inmigrantes recién llegados a la ciudad, les trataban de vender uno de los buzones que estaban en la vía pública. Les aseguraban que se trataba de un gran negocio porque podrían cobrarle a la gente cada vez que depositaba una carta.

Cristian quiere conseguir que al barrio le cambien el nombre, que ya no sea más un número y se llame barrio Padre Daniel de la Sierra, como la 31 se llamaría Padre Mugica. –Los números los pusieron los militares para erradicar las villas –me confirma–. Así les quitan entidad al barrio y son más fáciles de controlar. Adentro de las villas, los chicos que agarran por el mal camino, caen en esa misma lógica de falta de entidad y son tumberos porque se lo creen.

Durante un rato habla sobre los comedores fantasmas. Uno de ellos pertenece a una corriente política que prefiere que no nombre porque muchos conocidos suyos reciben comida de parte de ellos: ­–Por esas raciones, los obligan a ir a marchas o a ir a hacer quilombo. Por eso a mí no me gusta adscribir a la frase de CFK de 2013, “la patria es el otro”. Para mí, mi patria es mi barrio. Primero está mi vecino. La idea del “otro” pone una barrera, separa. Entonces mi misión es reclamar que la gente de mi barrio sea protagonista, tenga voz, que no sea como ganado que se lleva a los actos políticos. No puede ser que venga gente “de arriba” que nos diga cómo tienen que ser las cosas. Esos vende humos utilizan a la gente y al territorio. Yo me considero rebelde, me identifico con Néstor Kirchner, con Perón y con Evita. Néstor Kirchner decía que quería compañeros con capacidad transgresora, que pensaran, que los ayudaran a equivocarse lo menos posible. Cristina, en cambio, se presentaba como jefa. Máximo Kirchner dice que Cristina está más allá del peronismo y ahí está la diferencia.

Durante un rato Cristian me cuenta una historia difícil de cuando era pibe. Se quiebra y se le empapan los ojos. Permanecemos un rato en silencio. De golpe dice: –Muy poca gente me mira así, a los ojos, como vos. Pero esta parte no la cuentes, acá nadie la conoce y todavía no estoy preparado para que se sepa. Algún día.

El ruido de los taladros llega como un rumor lejano. Tomamos mate amargo y ahora Cristian habla de otra pérdida del barrio: la Casa de la Cultura, un logro de los vecinos y del anterior gobierno: –Los vecinos trabajamos muchísimo tiempo para tener la Casa de la Cultura y estamos orgullosos. Pero cuando Teresa Parodi fue nombrada Ministra de Cultura, la Cámpora se instaló acá, echó a todo el mundo y puso gente de ellos. Yo le envié una carta a la Ministra preguntándole por qué estaba tomando esa represalia contra los chicos que levantaron esa casa. Pero fue una bajada de línea de arriba, no querían que hubiese nadie que pensara ni un poquito distinto. A mí por decir las cosas que pienso, por escuchar a los vecinos sin bajar línea, me cuesta crecer en la política. El Pro también baja línea de arriba, de afuera, con una mirada muy elitista. Te hablan de “gauchada”: che, Cristian, te vamos a hacer esto que pedís vos porque sos vos. ¿Por qué una gauchada? Además, los del Pro tienen artillería pesada. Se meten en todas las villas, vuelcan toda su plata en las elecciones, que ahora perdieron los K. Los K, que en su momento le dieron importancia a las villas, después las perdieron y ahora los Pro están en todas.

Durante un hablamos sobre la discriminación que siente el “villero”. Hasta los GPS los discriminan porque previenen que se está entrando en una zona de peligro. Los taxis no entran. En eso, Cristian me cuenta que hace poco fue a ver a la secretaria de Hábitat en Inclusión, Marina Klemensiewicz. En la reunión, ella le dijo: Cristian, ¿sabés cuando vamos a trabajar como corresponde en los barrios? Cuando generemos ciudadanos dentro de las villas.

Cristian se levantó y se fue: –¿Cómo me va a decir algo así? Cuando hay elecciones juegan el juego de querer ganar las villas, ¿y después me dice que hay que generar ciudadanos? ¿En mi barrio no hay ciudadanos? ¿Qué soy, yo, entonces? ¿Un mono? No sé qué me quiso decir. A lo mejor se refería a la cuestión inmigratoria porque ella acababa de decir que acá en el barrio no son todos argentinos. Pero ¿quién construyó la Ciudad de Buenos Aires? Los inmigrantes, ¡entonces que ahora la ministra no se haga la porteña y se olvide de la historia de la ciudad! No se puede ser rajante y decir que en las villas son todos extranjeros y se tienen que ir. Ni tampoco victimizarlos y pintarlos como todos buenos.

La mirada de Cristian, ahora, es una de desesperanza: –Los políticos entran al barrio para dividir. Viene la unidad básica para eso. Hay que salir de las unidades básicas, decía Néstor. En cambio nosotros, en la Junta Vecinal, buscamos la manera de ser el puente entre la necesidad y el Estado. El Estado Nacional nos da más respuesta que el Municipal. Nunca pude reunirme con Mauricio Macri cuando era Jefe de gobierno porteño. Con Larreta pedí audiencia pero todavía no me llamó. Yo no quiero tirarle piedras a nadie. Lo que quiero es que nos escuchen. Los propios vecinos son los que saben dónde hay que hacer obra y dónde no. Si las villas se hicieron con las manos de los vecinos, ¿cómo puede venir alguien de afuera a decirles qué es lo que necesitan y cómo? Por eso en el barrio estamos en contra del verbo “urbanizar”.

Cristian me pide que busque “urbanizar” en Google y lea lo primero que aparece:

Urbanizar

verbo transitivo

  • 1. 
Hacer las instalaciones y operaciones necesarias (trazado de calles, tendido de electricidad, canalización, etc.) en un terreno delimitado para poder edificar en él y dotarlo de infraestructuras y servicios. “La fijación de unos plazos en los que el suelo se tiene que urbanizar y construir evitará que los propietarios puedan especular”.
  1. 2. 
Hacer que alguien aprenda a comportarse bien, de forma cortés y educada con los demás.

– ¿Comportarse bien, de forma cortés y educada con los demás? ¿Ves que es una colonización? –sigue Cristian–. Hay prejuicios allá y hay prejuicios acá, dentro del barrio. Por eso es importante la palabra “integración”. Integrar un barrio auto-construido, a la urbe, desde las costumbres, las tradiciones y la religiosidad popular de los vecinos. “De las villas, lo único que hay que erradicar es la miseria”, decía el padre Mugica. Y para eso, lo primero que tiene que suceder es cambiar la mirada de afuera hacia adentro y la mirada desde adentro hacia fuera. Entonces seríamos pares y tendríamos un reconocimiento diferente. Si vas a catastro, este barrio sigue siendo un descampado. Las calles de adentro no están reconocidas, sólo las perimetrales. Es el barrio más grande de la comuna 4, y sin embargo no tiene las políticas públicas del resto de la comuna. En mi barrio, el Estado está ausente salvo para vigilarnos.

Los taladros se han detenido. Probablemente para almorzar. Bajamos la escalerita y salimos a la avenida Iriarte.

–Los del Pro gastan plata en hacer libros que se llevan de viaje por Latinoamérica contando cómo se urbanizan las villas –sigue Cristian–. Pero no podés jactarte por el mundo sobre cómo urbanizás si lo que haces son placitas y alguna que otra calle. El camino de sirga es un ejemplo[1]. Por evacuar a los vecinos que están en el camino de sirga, les adjudicaron casas en otro barrio, que ya habían sido asignadas a otros vecinos. No solo no solucionan el problema sino que generan una guerra de pobres contra pobres. Porque el que recibió la casa, la vende y se vuelve para no tener problemas con el de allá. ¿Es que no tienen conciencia o les sirve que las villas sigan estando así como están?

Una señora con una bolsa de verduras nos pasa y dobla a la izquierda. Avanza por un “pasillo”, el suelo encharcado.

Cristian sigue: –los que manejan dinero suficiente como para hacer obra dentro de los barrios son los de la SECHI, pero hacen placitas. Ellos están para hacer obras de tendido cloacal, por ejemplo, y evitar la contaminación. ¿O no se llaman Hábitat e Inclusión? Este año van a inaugurar una placita por segunda vez, porque ya la hicieron el año pasado. A dos cuadras de esa placita, tienen problemas terribles. ¿Adonde está, entonces, el hábitat y la inclusión? El barrio está pegado al Riachuelo, ¿qué hizo la SECHI por el dengue? Nada. La Junta Vecina hizo la movida con la UGIS, que nos envían fumigadores. Pero los de la SECHI, que están adentro del territorio mismo, no hicieron nada. Las SECHI están ubicados en containers en todas los barrios, desde donde generan las políticas. Si ves los documentos de lo que están haciendo en las villas, se te pone la piel de gallina. Ves a los nenes contentos jugando en las placitas. Pero atrás de las placitas tenés unos quilombos terribles.

Cristian cuenta que una vez fue a una reunión de vecinos porteños que se hizo en la Biblioteca Nacional: –había una señora que se volvió loca primero porque un poste de luz estaba despintado, después porque los basureros se desbordaban. De repente, furiosa, contó que los hospitales estaban llenos de bolivianos y paraguayos que son todos chorros y con un aspecto desagradable. ¿Me entendés? Yo comparaba esos “problemas” con los quilombos de mi barrio de cloacas, de agua, de luz, que no entra la ambulancia y las muertes que eso provoca y me callé. No dije nada, no daba, ahí. Pensaba, qué barbaridad, el abismo entre la realidad de algunos y la verdad de otros. En Argentina siempre hubo mucha desigualdad, los que más tenían quieren seguir siendo los que más tienen. El obrero quiere escalar y ser un poquito más pero hasta ahí lo dejan.

Un vecino se nos acerca corriendo. Le dice a Cristian que se rompió un caño en la calle Luna y se está inundando todo. Cristian va a resolver el problema y me quedo charlando con Maxi, otro miembro de la Junta. Me dice: –viniste en el 37. Te vi bajarte y caminar hasta acá. Sola. Qué valiente. Los de afuera no hacen eso. Tienen miedo.

Cuando Cristian regresa, me apunta hacia un ovillo de cables en una esquina, sobre las casas: –La Villa 21/24 está en emergencia eléctrica, en inminente peligro de incendio.

Como por catastro, el barrio es un predio sin construir, Edesur lleva un transformador hasta el perímetro y les indica que a partir de allí, se las arreglen. Dicen: esto tiene que alcanzar acá porque yo en el catastro no veo que haya tantas familias como ustedes dicen que hay. Entonces acude la UGIS, que tiene cuadrillas de luz de emergencia, a tirar un cable preensamblado hasta un poste en una manzana y desde ahí van bajando las líneas casa por casa. El vecino quisiera tener hecha una instalación de luz y pagarla, porque le sale más caro que se le queme la heladera a cada rato por los frecuentes golpes de luz culpa de la precariedad de la instalación, que es para mucho menos usuarios de los que en realidad son. –¿Cuánta gente muere si se cae un cable? –pregunta Cristian– La gente no paga la luz porque no tiene hecha la instalación.

Aisa (agua) también trabaja solo hasta el perímetro del barrio. El gas no llega y sale más cara la garrafa que el gas natural: –¿vos te pensás que el vecino no pagaría el gas natural? ¿Qué no querría vivir en una mejor casa?¿Cómo la gente no va a querer tener cloacas, luz y gas? Cuando dicen que los vecinos de acá son unos vivos que vienen a tener todo gratis, es mentira. Todos quieren pagar por los servicios. Pero tenerlos. El Riachuelo es el mejor ejemplo. Es terrible vivir con olor a mierda todo el tiempo. Agua y cloaca es un problema muy grande y se paró lo que se estaba haciendo también por el cambio de gobierno. ¿Cuántos problemas de salud para los hospitales te evitás con agua y cloaca? Acá está lleno de gente con problemas de hígado por el agua contaminada. Lo que hay está hecho por los mismos vecinos con sus propias manos y a veces no han podido hacerlo bien y se pinchan en algún momento y se mezclan los caños de agua con los de cloacas.

Cristian está convencido de que a cualquier gobierno le conviene que los barrios estén como están, desorganizados, y que la política vaya a destruir, no a construir. Por eso van a decirles cosas pero no a escucharlos. Con Néstor las unidades básicas se abrieron. Con Cristina se cerraron. Y los Cámpora se pensaron que eran los dueños de la verdad absoluta. Entonces es la mirada lo que hay que cambiar. Por eso hay tantos vecinos del barrio que no se sienten parte de la ciudad y se autoexcluyen; no quieren ni salir a explorar un horizonte porque saben que no se le abren las puertas: –El trece sacó la semana pasada una nota sobre los Pirañas que roban acá en la esquina, a los autos que pasan. ¿No entienden que los pibes están en condiciones de adicción? ¿Lo complicado que es? ¿Qué acá el barrio está a oscuras de noche? Está iluminado hasta la avenida y después 21/24 y Zavaleta está a oscuras. Es una boca de lobo y no se ven las caras. Si el barrio estuviese iluminado, nadie saldría a robar porque acá se conocen todos las caras. Los únicos que se hacen cargo de la problemática de la adicción son los curas. Los pibes adictos roban para consumir. Acá todo el mundo vende paco. Los medios de comunicación amarillistas dicen que acá está lo peor; la droga, el robo. Pero acá es el último eslabón. Los grandes narcotraficantes no viven acá.

La palabra clave para Cristian es “integración”, y cree que debe darse desde el reconocimiento y el respeto de “ambos lados”. Por eso quiere hablarme de los curas villeros que son curas peronistas, revolucionarios, puros, frontales, claros; y que con su labor generan militantes: –Los curas no se meten en política pero son los verdaderos transmisores de la realidad de acá. Y además son innovadores. Fueron ellos los que empezaron a hablar de integración. Te ayudan siempre que lo necesites; te respetan, luchan contra el paco y el narcotráfico.

Para Cristian, al final, los únicos que no venden humo son ellos, los curas. Ellos y la Junta Vecinal cumplen el rol del Estado en su barrio. –Los curas son los únicos que conocen nuestra realidad –asegura Cristian–. Ellos están acá adentro, tienen las patas metidas en el barro. No te venden humo.

[1] El camino de Sirga es el espacio que debe permanecer público en el margen del Riachuelo.

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