De niños y especiales

Hace algunos años, una noche estaba en a una cena multitudinaria y no lograba prestar atención a lo que decían al mi alrededor. Era una de esas cenas de mesas de tablones finitos y largos, paneras cada metro y medio, ensaladeras de rusa y de mixta que van y que vienen y los mozos sirviendo asado seco. El volumen de las voces crecía a medida que se vaciaban los platos, y antes de que empezáramos el flan con dulce, se habían convertido en rugidos. En mi sector, los hombres hablaban de golf. Se peleaban por contar las anécdotas del juego del día, que consiste en introducir la pelotita en un hoyo en la menor cantidad posible de golpes, con palos diseñados para pegarle más lejos o más cerca. De repente, la mujer a mi derecha, que había tomado más vasos de vino de lo que su mente podía hacerse cargo, empezó a insultarme. Me tomó por sorpresa porque hasta ese momento yo no le había dicho una sola palabra, sino que estaba en mi propio mundo mental. Enseguida me di cuenta de que el insulto no tenía nada que ver conmigo sino con el marido. El vino le exageraba el coraje, y yo permanecí callada. Ella insistió con un cinismo filoso, acusándome de calienta-machos. La acusación me retrotrajo a otra oportunidad hacía muchos años, en la que un chico al que me negué a besar había usado el mismo mote. La coincidencia me produjo una gran confusión. Primero sentí fuertes ganas de llorar, pero no estaba segura del motivo. Sentía ahorcada la garganta, se me apretó el estómago y el corazón me latía en los ojos. La sensación me pareció un exceso y aguanté el llanto. La atribuí a la cantidad de vino que yo había tomado. Mastiqué una corteza de pan que encontré sobre el mantel mientras me esforzaba por rechazar la profusión de ideas e imágenes enredadas que proponía mi mente. Todas a favor de que me largara a llorar, la escena le diera la razón a la mujer, y el griterío se callara de golpe, morbosamente atento. De repente me sobrevino una racha de valor, pero la confusión no me permitió entender qué lo había provocado, y enseguida se esfumó. Entonces me surgió la culpa. Pero el marido de esta señora no me producía ni frío ni calor, no había forma de que yo hubiese hecho algo que fuese pretexto de su miedo a perderlo. Ni si quiera sin querer. Ella continuó con sus azotes, ahora señalando que ella sabía cómo era yo. Eso empeoró mi confusión: ese “cómo”, subrayado, me produjo un fuertísimo déjà vu. Y Además, si yo misma no sabía cómo era yo, si ese conocimiento se me escurría cada vez que creía apresarlo, qué era lo que esta señora tenía tan claro. Recordar o, quizás, intuir, que ya había escuchado esa frase, me aturdía aún más. De pronto pesqué el vistazo del marido y el muy cobarde inmediatamente agachó la mirada. En ese instante la confusión se agrandó tanto que presumí que lloraría si no me levantaba ya mismo.

Fui a la sala contigua y me senté en un sofá a esperar que el llanto pasara. Me sentía la mujer más desgraciada del mundo y me detesté por dramática exagerada. En eso, Josecito, un muchacho con síndrome de down, se sentó a mi lado. No habló. Me tomó una mano. Con el pulgar me hacía mimos en el dorso. Su mano era áspera y los dedos cortos. Permanecimos así, quietos, durante un rato. De repente me miró y sonrió. La sonrisa era tierna y compasiva. El griterío de la sala de al lado nos llegaba como un clamor, pero nosotros estábamos en una isla de calma y comprensión. No hacían falta explicaciones. El agobio de la confusión se desvaneció por completo. Me di cuenta de que su cariño desprendido había producido la magia.

 

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