La espera de la Nada: Zama, de Antonio Di Benedetto

Columna sobre Zama para TrenInsomne

En escritores como Dostoievski, Kafka, Melville o Camus, el sentido de la historia que cuentan está por encima de la historia misma; así, el narrador deviene en una suerte de filósofo que crea un mundo, una esfera propia destinada a cobijar sus ideas. Una manera de enfocar la literatura con todo aquello que esté a su alcance y que le evite la reflexión, el razonamiento, la sentencia, porque está seguro de que las explicaciones y los mensajes didácticos son fútiles. En esa línea concibió su obra Antonio Di Benedetto, con la convicción, además, de que el ser humano se define ejerciendo su libertad, porque solo en esa instancia se revela la humanidad más genuina, a la vez que prescindiendo de una moral religiosa que lo guíe, tal como lo postulaban los existencialistas. El ser humano está solo a la hora de tomar decisiones y se crea a sí mismo cada vez que decide. La conciencia de que es responsable de su vida, en soledad, lo llena de angustia.

Su novela Zama, de 1956, la primera que escribió y con la que llega a la cima de su obra, está dedicada a “las víctimas de la espera”. Su protagonista y narrador, Diego de Zama, espera, en una ciudad ubicada en el corazón de América –que podría ser Asunción–, un ascenso. Transcurre 1789. Es la época de las Reformas Borbónicas impuestas por Carlos III para centralizar el poder y que la administración fuese más eficiente y controlada. Con ese fin, en 1776 se creó el Virreinato del Río de la Plata con capital en Buenos Aires, para proteger al territorio de amenazas extranjeras y establecer un contacto más fluido con la corona española. Desaparecen los cargos de corregidor y gobernador a los que podían acceder los criollos, que son reemplazados por funcionarios de la metrópoli bajo la autoridad del virrey, representante directo del rey. Diego de Zama es uno de esos criollos desplazados por las reformas.

Al comienzo del relato, Zama es asesor letrado del gobierno colonial y todavía alberga la esperanza de ser trasladado a otra ciudad de mayor prestigio dentro de la colonia, una que lo acerque al objetivo final de su carrera: la propia península ibérica, la sede del reino al que sirve y se subordina. Mientras, se conforta con el arribo de los barcos que podrían traerle una carta de su esposa o su sueldo, que siempre está atrasado o directamente no llega. En ese lapso de monotonía y uniformidad, como Don Juan Tenorio busca la saciedad en lances amorosos. La carne es su única certidumbre y, a la vez, le permite desviar momentáneamente la atención de lo que anhela. Por si todo ello fuera poco, es humillado por el rey, por el gobernador, por la esposa de un burócrata de la corona, pero siempre encontrará algo que le permita seguir esperando, algo que lo distraiga o entretenga. Así también lo sacia la comida –cuando la consigue, ya que la falta del dinero del sueldo le dificulta obtenerla. Diego de Zama va ideando alivios pasajeros para no desesperar. En este sentido, las dos primeras partes de la novela nos recuerdan a El castillo, de Franz Kafka; la gran esperanza de K es conseguir un oficio, un hogar, que el castillo lo adopte. Pero cada día que pasa es un fracaso, a la vez que una reanudación de su esperanza.

En la segunda parte, Zama extraña a su familia y tiene un hijo con una española viuda. Así reproduce y a la vez invierte el gesto del conquistador –que engendraba descendencia con las indígenas–, como si al hacerlo tomara una revancha contra esta América que lo defrauda. Además, ese hijo, como el de casi todos los conquistadores, también será hijo de la miseria y el abandono.

Día a día Zama se vuelve más consciente del tiempo que pasa, convencido de que vive de un anhelo, que es en verdad una ilusión, un espejismo, y así el horror lo va carcomiendo. Y como sucede cuando se espera mucho tiempo algo que se desea, Zama también se autosabotea. Actúa en contra de su conveniencia. Por ejemplo, en una fiesta ofrecida por el círculo de la elite de la ciudad, Zama declara, con arrogancia, que solo tendría relaciones sexuales con mujeres blancas y españolas. Su comportamiento es escandaloso e irreverente porque pretende una española cuando él es el único americano de la administración de la provincia, está casado con una americana que no vive con él y codicia una mujer de la colonia que está casada. Por lo tanto, esa declaración no lo favorece para congraciarse con los funcionarios españoles que deberían interceder por él ante el virrey.

Juan José Saer escribió que se ha pretendido que Zama sea una novela histórica, en tanto es la refutación de ese género: Di Benedetto construye una visión del pasado que es suya, propia de un observador de su profundidad, que no se corresponde con ningún hecho histórico preciso. Lo logra con un lenguaje verosímil respecto del tiempo y el lugar en el que se desarrolla la trama y con algunos datos concretos, marcas “reales”, aquellos datos de la realidad que elogiaba Barthes en Flaubert, como los títulos de cada una de las tres partes: 1790, 1794, 1799. El mero hecho de poner una fecha le transmite al lector la sensación de que lo referido es un acontecimiento histórico.

Narrada en primera persona por Diego de Zama, la voz se repliega sobre sí, como una lengua interior del personaje. El estilo es seco, acotado y económico, al tiempo que erótico y salvaje, pero no pertenece a un período cultural y literario reconocible. Con veinte palabras en guaraní, algunos giros arcaizantes, una escritura libre de coloquialismos, Di Benedetto logra hacer creíble la época y transmite la degradación en la que va cayendo el protagonista. También producen ese efecto los espacios en blanco, los puntos y aparte, la profusión de frases unimembres, la deliberada elisión verbal y el uso “anormal” de los verbos transitivos; lo cual se acentúa a medida que se acerca el desenlace, cuando el protagonista se percata, ya sin trampas, que está absolutamente solo frente al absurdo de un mundo sin Dios y es libre y único responsable de su propia suerte.

En la tercera parte, como en El corazón de las tinieblas, de Conrad, el paisaje se vuelve denso e impenetrable, mientras Zama se interna en el corazón del continente como si se adentrara en su propio corazón. La selva comienza a ser una metáfora del horror de la vida humana, solo a la espera de la muerte. El protagonista llega a su final degradado, desgastado, fracasado, sabedor de que a nadie más que a él mismo puede acusar del engaño, las ilusiones o de las distracciones pasajeras en las que había incurrido para no ver la verdad. Ahora Zama se ve como si estuviera frente a un espejo, con nitidez, y comprende que su angustia es la de todos los seres humanos.

 

 

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