Dios no está en los detalles

Ernestina Anchorena: Bandadas

La madre le había mandado a la hija como una Caperucita, se dijo Dávalos cuando Paula se bajó del Dodge azul destartalado en plena noche cerrada. Solo que esta vez no era la madre la que buscaba al animal feroz, sino la niña. “No había apuro en devolverla”, protestó Dávalos cuando la chica, con gesto de fastidio, bajó del Dodge la heladerita que él y su familia se habían dejado olvidada ese mediodía en La Deseada. Los galgos la olfatearon, pegando los hocicos a su entrepierna, y ella no los espantó como solían hacer todas las mujeres. Nuestra responsabilidad como padres es cuidar a nuestros hijos, se dijo Dávalos. No somos animales para dejarlos que se críen solos. Incluso las yeguas cuidan a las potrancas hasta que pueden valerse por sí mismas. Y esta Paula era una chica de avanzada por culpa de sus padres negligentes. Con sólo catorce años la mandaban en auto, de noche, por esos caminos destrozados, a traer una estúpida heladera que podrían haber devuelto al día siguiente en misa de 8. A no ser que se hubiese escapado con la excusa de la heladerita y les hubiese robado el auto. Tratándose de ella, era posible.

Tenía la misma edad que su hijo Edu, pero con ese cuerpo y esa actitud avasallante parecía diez años mayor. Además, tenía fama. Había oído algunos comentarios de los amigos de Edu acompañados por risitas lascivas. Hazte de fama y échate a dormir. Y Edu había parecido un retardado ese mediodía en La Deseada cuando la chica lo perseguía nadando en el tanque con el cuento de que jugaban al tiburón. Muy viva se creía. Las hormonas a flor de piel.

–No había apuro –dijo Dávalos.

–Lo mismo le dije a mi madre.

Usaba un solerito colorado, con breteles con moñito. Y ojotas. El pelo negro suelto. La cara lavada, sin una gota de pintura, tostada por el sol. Pura vitalidad.

–Obvio que es ridículo –insistió la chica haciendo un gesto con los hombros que decía que su madre le parecía tonta–: ¿Y Edu? –dijo enseguida y miró hacia adentro de la casa, que estaba oscura. Pareció titubear. Dávalos la notó ansiosa, excepcionalmente frágil.

–Se fueron todos al corso.

La chica se mordió el labio y cerró los ojos durante unos segundos. Estaba desilusionada. Seguro se habría puesto el solerito colorado para Edu.

–No me dijo que pensaba ir al pueblo. Qué raro.

A Dávalos lo sorprendió la actitud vulnerable de la chica. Debía de ser extraño para ella, tan yegua madrina, encontrarse sin séquito. Era una noche oscura, y el cielo que hacía un rato Dávalos miraba por entre las ramas del nogal era negro y con un borroso sarpullido blanco justo encima de la casa. Sintió olor a zorrino, un olor que adoraba y que extrañaba las pocas veces que iba a la ciudad. El domingo anterior, a la salida de misa, había escuchado a Edu invitarla esa noche al cementerio. El cementerio era el lugar en el que los dos campos tiraban la osamenta de las vacas carneadas para consumo, y quedaba justo en el ángulo que formaban los alambrados linderos. La luna ahí hacía brillar los huesos y también las hojitas de los eucaliptos. Era el lugar ideal para que la yegua se comiera crudo a Edu y el tarado la dejara embarazada. Así que ese mismo día, a la hora de la cena, le había propuesto a Edu un trabajito para las noches de verano, ya que él era bueno en matemáticas: que revisara los números del escritorio. Bien remunerado y empezando en ese mismo momento para demostrar compromiso. Dávalos imaginó a la chica galopando su tordilla, la Ocurrencia, en plena intemperie, y después imaginó –con orgullo de buen padre que protege a sus hijos– su castigo por intento de corrupción de su hijo inexperto: esperando, esperando, pendiente de los ruiditos, muerta del susto.

–Lo que pasa es que a la tarde llegaron las Perkins de sorpresa –dijo Dávalos, justificando a Edu.

–Con más razón –dijo la chica–. Más divertido. Lástima que vine sin mi hermana, porque la verdad es que ya que me mandaron hasta acá, bien podría llegar al pueblo.

Dávalos no entendía qué le veía esta yeguaza a su hijo. Hasta el principio de aquel verano, que la chica comenzara a flirtear con él, Edu jugaba a la pelota, se trepaba a los árboles, se despertaba a la madrugada para ir a la manga a caballo. Se vestía con camisas a cuadros metidas adentro del cinturón, bombachas de campo y alpargatas. Y de un día para el otro empezó a no salir del cuarto y, cuando lo hacía, se ponía una remera negra sin cuello, ajustada, que nadie sabía de dónde había sacado. Estaba siempre quietito y con unos modales delicados que a Dávalos lo habían dejado dudando. Encima tenía el pelo siempre mojado y con un jopo sobre la frente. Se le fue la duda la noche en que lo encontró en la pileta con la yeguaza y una botella de whisky. Edu parecía en trance, como una mosca contra un vidrio. Esa noche no le dijo nada porque había respirado aliviado. Pero la chica esta, que ahora se ataba el pelo negro con una colita en la nuca, se le había metido entre ceja y ceja. Era evidente que sabía que al abrir los brazos para atarse el pelo se le marcaban los pechos en el solero. Sin corpiño. Muy segura de sí misma, emanaba sexualidad, como una tarántula su veneno.

La noche de la pileta, Dávalos no le había dicho nada a Edu pero a la chica, cuando la acompañó a abrirle le tranquera, le dijo “no quiero verte más por acá, putarraca”. Era probable que manejando borracha hiciera un trompo y quedara boca arriba en una cuneta, pero no le importaba. Y era completamente inútil hablar con los padres porque los dos estaban en otra. Además, los inhibía el carácter dominante de la chica, se le notaba que nadie le ponía límites, y el resultado estaba a la vista.

La brisa arrastró olor a bosta desde el palenque y los caballos relincharon.

–Sé que no le gusto para su hijo –dijo la chica con mirada de inocente y los brazos detrás de la espalda.

–Mejor dejalo en paz.

–¿Qué haga qué?

–¿No me entendiste? Ignoralo. Buscate un novio a tu altura.

Sus ojos negros miraron por encima del hombro de Dávalos. Miraba la casa, probablemente buscando una luz encendida en un cuarto o cualquier indicio de que no estaban solos.

–Se fueron todos. Mónica se llevó mi auto y Cynthia Perkins el suyo, así cabía el lote completo.

Por un momento, a Dávalos le pareció que la chica se había cohibido. Inclinaba los ojos con un semblante triste, quizás sombrío.

–¿Dejo la heladera sobre la mesa de la galería? –dijo y avanzó sin esperar que Dávalos le contestara. Caminaba como una gata, sigilosamente, apenas apoyando los pies.

La chica regresó de la galería, se detuvo delante de Dávalos y agachó la cabeza. Cuando la levantó dijo:

–A mí Edu me gusta en serio.

–Ay, Paula, por el amor de Dios. Si sos una belleza. Podés conseguirte el tipo que se te antoje con solo mirarlo. Vas a estar lo más bien. Pero no con Edu.

–Edu y yo tenemos la misma edad.

–Pero vos debés tener varios Pellegrinis corridos.

La brisa se detuvo y los envolvió un vaho de calor. La chica agachaba la cabeza y se mordía las uñas, lo que le daba un aspecto dócil.

–Usted se hizo una idea equivocada de mí. Con lo del whisky no tuve nada que ver.

–Peor entonces. Por Dios, prometeme que vas a dejar a Edu en paz.

–¿Y si no?

–Seamos razonables. Y por favor, tuteame.

–¿Si digo que no, qué me vas a hacer?

–Estamos charlando el problema, Paula. ¿No te parece que sos demasiada mujer para Edu? Te sugiero que no le des bola por una semana. Vas a ver cómo al nene se le pasa la calentura.

Paula dio dos pasos y se paró a medio metro de Dávalos. Puso las manos en la cintura y lo miró fijo a los ojos.

–¿O si no qué? ¿Me vas a violar?

–Paula –dijo Dávalos en un tono paternal que le agradó a pesar de no haberlo buscado. Sopló una brisa fresca y la chica se estremeció, como de frío. Pero enseguida estiró los brazos y tomó a Dávalos de los hombros.

–Me doy cuenta de cómo me mirás, Roque. Todo el mundo se da cuenta. A nadie le parecería increíble que llegue a casa llorando con el cuento de que me violaste cuando vine a traerte la heladerita y no había nadie más que vos.

–Vamos, Paula. Sabés mejor que yo que en tu casa se taparían los oídos.

–Vos decís que mamá se pondría celosa.

La chica suspiró y soltó a Dávalos. Pareció dudar un instante y miró el pasto.

–No es ningún misterio –dijo Dávalos.

–¿Qué no es ningún misterio?

–Lo que pasa acá.

–¿Qué pasa acá?

–Lo que los dos sabemos que pasa, Paula.

–¿No hay misterios para vos? Qué tipo tonto.

–¿Tonto?

–Sólo secretos –dijo la chica y volvió a acercarse a Dávalos, que aspiró su olor a jabón.

–Sólo secretos –repitió–. ¿Secretos entre vos y mamá?

–La vida misma no tiene misterios, Paula. ¿Sabés por qué? Porque sólo se la entiende de la cintura para abajo.

La chica lo miró con sorna. Sonrió y Dávalos sintió un leve mareo.

–Soy un padre preocupado por su hijo. Nada más.

–Sería nuestro secreto, entonces. Vos no le decís nada a Edu y yo no le digo nada a mi mamá. Mañana voy a estar a las cuatro detrás de los paraísos que están al lado del tanque.

Apenas terminó de pronunciar la última palabra, Paula giró hacia el camino porque se oyó el ruido de un motor. Los brazos le quedaron colgando a los costados del cuerpo y su mano izquierda rozó la bragueta de Dávalos. Miraron hacia el camino de entrada; dos círculos amarillos avanzaban en la negrura, seguidos de otros dos círculos amarillos; el dorso de la mano de Paula ahora se apoyó en la bragueta de Dávalos, que se hinchaba y latía.

Los autos se acercaron hasta la rotonda delante de la casa, y estacionaron debajo del nogal sin que la mano de Paula se moviera. Las primas Perkins se bajaron discutiendo y la madre les dijo que se dejaran de pavadas. Corrieron hacia la casa sin detenerse al ver a Paula, ignorándola, por chica o vaya a saber por qué. Sopló la brisa otra vez, con fuerza, y recién en ese momento Paula aplastó con ambas manos su vestido. Mónica Dávalos le preguntó qué hacía ahí, tan tarde. La miraba fijo, con suspicacia. Edu no había descendido del auto, estaba quieto y mudo, o quizás asustado. Paula dio unos pasos hacia su Dodge y no respondió hasta que llegó a la puerta.

–Su marido le va a decir qué hacía acá, tan tarde –dijo.

Dávalos se sintió una estatua de mármol, no podía moverse ni decir una palabra. Se quedó mirando el Dodge, que se alejaba en medio de una leve polvareda.