El cirujano

Ernestina Anchorena: Bandadas

La única amiga de Malena era yo. Las demás no la soportaban. Les parecía demasiado delicada, “selectita”, con aires de superioridad. Yo la defendía todo el tiempo porque lo que les producía rechazo era simple envidia: su belleza felina, sus ojos verdes rasgados y sus movimientos lentos, un conjunto que alucinaba a los hombres y Malena, como si nada, como si no se diera cuenta. Para colmo, era la mejor artista del taller. La diferencia entre su talento y el del resto se notaba a la legua, pero ¿quién estaba dispuesto a admitirlo? Es así, qué se le va a hacer, me consolaba. Las mujeres que tienen todo son muy pocas y Malena era una de ellas. Hablábamos mucho, sobre todo del amor, que nos faltaba a las dos. Un día la pasé a buscar para ir a una exposición y tuve que esperarla cuarenta minutos: era una obsesiva, una maniática de la perfección. No podía salir de su casa si no estaba impecable, desde la uña del dedo chiquito del pie hasta el flequillo. Ya sé con quién te vas a llevar bárbaro, le dije. Conozco un tipo tan esteta como vos. Es cirujano plástico y muy sensible.

Al principio se excusó con lo de siempre: “no tengo ganas de conocer a nadie, estoy bien sola”, pero el día que se preparó para salir con Marcelo, la vi realmente entusiasmada. Yo misma la ayudé a elegir la ropa y a maquillarse. De ahí en más, sé lo que ocurrió por el propio Marcelo.

La pasó a buscar a las siete de la tarde en su auto rojo. La llevó a pasear por la Costanera sur. Charlaron mientras recorrían las calles de la reserva ecológica y después de media hora él estacionó en el Parque Mujeres Argentinas. Estaban muy interesados uno en el otro. A Malena la impresionó su trabajo con niños en el centro quirúrgico del Garrahan. Él pensaba llevarla a un restorán de Puerto Madero, pero cuando Malena le dijo que le gustaba mucho la cocina, le propuso hacer unas compritas en el supermercado y que ella cocinara. Y claro, Malena es tan perfecta que hasta cocina como los dioses.

Cargaron un chango y fueron hacia las cajas. Había bastante gente a pesar de que eran las ocho y media de la noche de un sábado. Él se escurrió con chango y todo entre las filas y se colocó en una caja con sólo dos personas. Enseguida apareció una señora mayor con una canasta en la que se veían dos paquetes de harina y una caja de huevos. Apenas llegó, atisbó el chango de Marcelo y empezó a resoplar. Farfullaba entre dientes. Parecía exasperada. Malena la miró, como preguntándole si le pasaba algo.

–El país está como está por gente como ustedes –les dijo la anciana.

Marcelo tomó a Malena del codo y le susurró que no le llevara el apunte.

–Tremendo, tremendo –siguió mascullando la anciana. Tendría ochenta años por lo menos, pero parecía bastante ágil.

–¿Quiere pasar delante de nosotros, señora? –le preguntó Malena.

–Ah, ahora te da remordimiento, chiquilina –le contestó separando la última palabras en sílabas.

Marcelo empujó a Malena para que pasara delante de su chango y le pidió que embolsara las cosas.

–La señora tiene razón –dijo la cándida de Malena–. Esta es la caja para embarazadas, discapacitados y jubilados.

Entonces él empezó a sentir ese odio del que hablamos desde que lo conozco, un odio visceral en la garganta, y tuvo que apretar los dientes para contenerse. Dijo que Malena era un pimpollo de rosa delicado, que lo miraba perpleja y expectante.

–Son quince centavos cada bolsa –lo previno la cajera.

Él se encogió de hombros e inspiró dos bocanadas de aire para tranquilizarse, pero su atávica cólera ya había brotado.

–Un tipo como usted, si pudiera, se robaría las bolsas, ¿no, señor? Hasta sería capaz de robarme a mí –insistió la anciana.

Marcelo la ignoró otra vez aunque sé bien que ya habría rebalsado su límite. Siguió vaciando su carro en la caja mientras Malena, un angelito robótico, cargaba las bolsas.

–Intolerable, intolerable –siguió la anciana–. Esto se me atraganta. No tienen vergüenza.

Malena lo miró y él cerró los ojos y apretó los dientes. Había abierto la billetera y le daba su tarjeta de crédito a la cajera.

–A ver señor –porfió la anciana una vez más– ¿cómo puede ser que no le dé vergüenza colarse en la fila que no le corresponde?

Entonces Marcelo se agachó, se arremangó el pantalón, se sacó su pierna ortopédica y en un gesto rudo se la entregó a la anciana. El mocasín quedó apuntando hacia un costado, en posición de pegar una patada.

–¿Me la sostiene, señora, si es tan amable?

La señora empezó a gritar, fuera de sí, y soltó la pierna, que rebotó en el piso y quedó debajo de un chango en la fila de al lado. Marcelo se tomó su tiempo para firmar el pago, guardar la tarjeta en la billetera, la billetera en el bolsillo. Después dio unos saltitos hasta la salida de la caja donde Malena, con las bolsas en la mano, miraba la escena, azorada. La gente hizo silencio, como si alguien los hubiera callado, de golpe, con un grito. Un muchacho le alcanzó la pierna y Marcelo levantó el pantalón, enderezó el mocasín y se encastró la pierna en el muñón.

Desde ese día, Malena inventó excusas para evitarlo. No entiendo cómo se me ocurrió que sería un tipo para ella.