El mal de ojo

el

Chicas Bien, 2007.

A mi padre 

Fue un miércoles de julio. Cuando salías, todavía era de noche y el pasto estaba blanco. Prendías el Peugeot 404 y lo dejabas calentar con el cebador puesto. Hundías la cabeza en el cuello de la camisa a rayas y te soplabas las manos. Mientras tanto se derretía la escarcha del parabrisas. 

Entonces vivíamos en Tortuguitas. Vos trabajabas en la tienda mayorista de tu padre, que antes había sido de tu abuelo. Camino al trabajo nos dejabas en el colegio, salvo los miércoles, que íbamos con una vecina y mamá. 

Esa mañana mamá y yo te mirábamos por la ventana, ella en su batón rosa y los brazos cruzados, nosotras de uniforme escocés. Te mirábamos con tristeza; el silencio del desayuno había recalcado que detestabas las mañanas. De repente vimos aparecer un muchacho en una bicicleta con farol. Se acercó a tu ventanilla y te golpeó el vidrio. Tardabas en bajarlo, parecía que se te trababa la manivela. Mamá abrió la ventana de la casa. Oímos al muchacho decirte que venía de parte de su abogado, tu amigo, el doctor Quiroga, si podías llevarlo al sanatorio ya que te quedaba en el camino porque su mujer tenía que ver al médico. El pedido no te hizo ninguna gracia; hacía poco habían robado a algunos vecinos y estábamos todos bastante asustados. Pero que viniera de parte de An- drés Quiroga, tu amigo, era una supuesta tranquilidad. Justo pasó el policía Ortiz en bicicleta, con su perro detrás. Lo llamaste y Ortiz encaró el camino de lajas en su bici, hasta al lado de la ventanilla. Le preguntaste si conocía al muchacho. Ortiz dijo que sí, era petisero de Santa Mónica, ahí cerca, sobre la ruta 8. Entonces aceptaste llevar a la mujer, pero te vi agachar la cabeza contra el volante, resignado. Ir a trabajar era una desgracia en sí misma, aun sin desvíos, porque además de levantarte temprano, también odiabas tu trabajo. Encima esto, y por culpa de Andrés Quiroga, era un motivo perfecto para que te acordaras de todo lo que te daba rabia del mundo y maldijeras desde el presidente de la Nación hasta el mecánico del Peugeot 404. 

El muchacho-petisero dejó su bici contra el cerco y se subió al asiento del acompañante. Miraste un segundo hacia la casa y te saludé, pero vos enseguida te dabas vuelta y el auto se iba marcha atrás. 

Saliste a la ruta 8 y te metiste, todavía de noche, en el monte de Santa Mónica. Tenías la sensación de que te iban a asaltar, que te encontrarías solo y desnudo en la ruta, y terminarías volviendo a casa caminando por el monte. (Cuando lo contaste hiciste una risita, seguro se te ocurría que tal vez no hubiese sido tan mala idea, sino más bien una buena excusa para faltar a la tienda y volver a casa a trabajar con tus herramientas). Entonces viste un grupo de gente al borde del camino. Te acercaste a ellos con el auto, y una señora mayor se adelantó del grupo. Detrás de ella venía un muchacho con una valijita y una mujer con una panza sensacional. Ella es Carmen, mi esposa dijo el muchacho que venía en tu auto, asomando la cabeza hacia el asiento de adelante y señalándola.
Carmen parecía joven, más joven que mamá, muy flaquita pero con una barriga como un globo a punto de explotar. Preguntaste si no lo iba a tener ya mismo y la señora te aseguró que no porque era primeriza. Eso no te tranquilizó para nada porque, hasta que a la noche preguntaste, no sabías lo que ser primeriza significaba en asuntos de partos, a pesar de ser padre vos mismo. Pensabas cómo Andrés había esquivado este embrollo y te había hecho un pase a vos con la excusa de que salías más temprano. 

El hermano se subió adelante con su valija y detrás subió Carmen, con su barriga a punto de explotar. Se sentó al lado del marido, el cliente de Andrés. Carmen tenía un vestido floreado y un saco blanco. Nada de abrigo. El pelo recogido en la nuca y bien tirante. La veías por el espejo retrovisor. Iba muda. Cruzó los brazos y cerró los ojos, inspirando en bocanadas grandes. Saliste de Santa Mónica por un camino embarrado y cuando llegaste de nuevo a la ruta 8 preguntaste: adónde vamos. El marido dijo que al hospital. ¿A qué hospital? El de la valijita dijo, con mucha seguridad, que por donde va el 26. Necesitabas que te aclarara un poco más porque veías que el asunto tenía que ser rápido y ni idea tenías del recorrido del colectivo 26. El de la valijita habló como muy conocedor. Dijo que quedaba cerca de la estación Florida del tren Belgrano, el que pasa por Del Viso. Tampoco tenías idea del recorrido de ese tren, pero al menos sabías que Florida quedaba entrando a la provincia por Maipú, desde la General Paz. Entonces encaraste hacia la Panamericana.

Manejabas despacio, como si un bache pudiera reventar ese globo inmenso. Cada tanto mirabas la cara de Carmen por el espejo retrovisor. Seguía con los ojos cerrados, parecía concentrada y en paz. Tampoco te debía gustar esa invasión de paz en tu humor de la mañana, eso era seguro. Por las noches tomabas whisky y pensabas en otra cosa. Mamá siempre nos decía que como te había ido mal en el colegio y después te costó tanto la facultad, no te animaste a decirle a tu padre que sí tenías una idea sobre vos mismo y no era la misma que tenía él. Te conocíamos por las explicaciones de mamá. Ella, aunque muchas veces se fastidiara, siempre estaba de tu lado. Pero aquella mañana bailabas ese baile y no podías escaparte. Tomaste la Panamericana, que en esa época era angosta y a esa hora tenía mucho tráfico. Prendiste la radio. Decían que Perón estaba enfermo. También odiabas a Perón. Te peleabas con tus amigos por culpa de Perón. Les decías, ustedes se dejan aporrear por el que sabe decir lo que quieren oír o se convencen de que dice lo que quieren oír porque lo dice gritando. No tienen idea de política. Mamá nos explicó que vos pensabas que Perón había arruinado el país gracias a montones de mentiras que decía a los gritos y todos las creían porque creían que era cierto lo que se decía gritando. 

Carmen dijo: –Ay. 

Le pediste perdón por la frenada. Ella no dijo ni mu, volvió a cerrar los ojos y a su rictus de paz. Seguro es peronista, te imaginaba pensando cuando a la noche contabas esta parte, ¿por qué no le pide a Perón un chofer que la lleve al hospital, o un hospital como la gente, allá cerca de su casa en Tortuguitas? 

Carmen jadeaba. Soplaba e inspiraba, ya sin cara de paz, apretando los párpados hinchados como los de un mongol. 

Estaban ampliando la General Paz y te obligaban a desviarte hacia la derecha y entrar a la ciudad por Cabildo. Había una fila de autos uno pegado al lado del otro, y si querías ir hacia la provincia te hacían dar la vuelta a la manzana y recién ahí tomar Maipú hacia la izquierda. Carmen gemía como un gato, y a vos se te ponían los pelos de punta. Conseguiste tomar Maipú y enseguida paraste a pedir direcciones a unas señoras con pinta de saber. 

–Dónde queda el hospital–, dijiste, y el hermano de la valijita les aclaró: –un edificio grande. 

Las señoras, muy seguras, dijeron que cuatro cuadras para adelante y ahí doblar a la derecha. 

Carmen empezaba que ay, que ay, y vos ibas a toda velocidad. Cada vez que frenabas en las esquinas maldecías al intendente, que seguro era peronista, a los curas que hacen que las Carmens de este mundo alumbren todos los hijos que Dios les manda, y a Perón, que les hace delirar a los maridos de las Carmens, con un mundo en el que sus sueños vienen de arriba. 

Carmen ya iba a grito pelado. 

Doblaste a la derecha después de las cuatro cuadras, y el edificio grande de las señoras que sabían era un colegio. Las veredas estaban plagadas de chicas como yo con túnicas azules y portafolios. Pegaste la vuelta en la esquina, llevándote por delante el cordón, en medio de los gritos tupidos de Carmen, que apoyaba la cabeza contra la puerta y estiraba las piernas sobre el asiento, hacia el lado del marido. 

Arrancaste otra vez hacia Maipú. Sudabas. Las manos se te patinaban del volante. Te acordabas de tu padre y la reunión de esa mañana, allá en la tienda, con el de las zapatillas de Taiwán. Iban a ser más baratas que las Pampero y eran de colores; seguro que serían el boom del interior y todo mérito tuyo. Al de las zapatillas de Taiwán lo habías conseguido vos, gracias a Andrés que era síndico del representante, y por fin tu padre iba a decir que tuviste una idea buena. No lo contaste así, decías lo de las zapatillas y lo del boom, pero unos días más tarde la escuché a mamá agregar lo de tu padre y el rescate de la buena idea. 

Viste un vigilante (así le decías a los policías) y frenaste. El vigilante te daba indicaciones mientras inspeccionaba el auto y vos no podías concentrarte en lo que decía. Siga derecho, te dijo el de la valijita, ¿no escuchó? Tenías que ir hasta Maipú y cruzar la avenida, después seguir hasta las vías del tren. Saliste como un bólido, y por supuesto la barrera estaba baja. Cuando por fin se levantó, los alaridos de Carmen, que había subido las rodillas, eran más fuertes que los de la locomotora. Doblaste a la izquierda, como te indicaba el de la valijita, y viste un edificio con pinta de hospital. 

Era.
Dejaste el motor en marcha, la calefacción y la radio prendidas, abriste la puerta de atrás del auto para que la pareja bajara y el marido gritó: – ¡Está naciendo, busque un médico! 

Miraste al hermano que tenía la boca abierta y no soltaba la valijita. Saliste corriendo hacia el edificio repleto de gente, sin tener idea para dónde ir. Entre tanta gente, no sabías a quién preguntarle ni tampoco qué preguntar. Subiste las escalinatas, había mucha gente, mucha, y varios pasillos con puertas blancas a los costados. Corriste por un pasillo y en la desesperación empezaste a abrir puertas. Abrías y abrías y de repente diste con lo que era, obviamente, una sala de partos, con mujer en pose y todo. Había un médico con barbijo y varias enfermeras. Dijiste que tenías un bebé naciendo en el auto y una enfermera le gritó a la otra: –traé algodón. Te siguieron a la carrera, bajando las es- calinatas del hospital que no terminaban nunca. Las enfermeras se metieron a cada lado de la puerta de atrás del auto. El marido te miró y dijo que se iba a comprar cigarrillos. El de la valijita no se veía por ninguna parte. Estabas solo. Veías las espaldas de las enfermeras y de golpe oíste un splash y después el llanto de un bebé. Una de las enfermeras salió corriendo con algo envuelto en una sábana blanca, que gritaba. Parecía una jugada de rugby, contaste. Apareció un enfermero con una camilla y te pidió si podías ayudar a poner a la madre encima. Buscabas al de los cigarrillos, que no estaba, y al de la valijita, pero tampoco. Pensabas que los del hospital debían creer que eras el padre. Cargaste a la mujer hasta la camilla, le pusiste la manta y se la llevaron. Apareció el hermano con la valija de quién sabe dónde y enseguida el marido con los cigarrillos y te ofreció unos pesos. Que no gracias, le dijiste, ahora vos los necesitás más que yo. Los dos se entreveraron en la multitud que subía y bajaba las escalinatas y te quedaste mirándoles las espaldas. Después cerraste las puertas del auto y en el asiento de atrás viste un charco de agua y de rojo. Casi te da un ataque, vos que no nos dejabas ni tirar un papel de caramelo. Y encima no sabías si era varón o nena. 

Llevaste el auto al lavadero. No podías explicar el enchastre, así que no dijiste nada. Fuiste al bar de enfrente a esperar. Pediste un café con leche y dos medialunas. Había música de Sandro. Cada tanto los del lavadero miraban en dirección a la ventana del bar por donde los mirabas. Tenías la sensación de que si le contabas a alguien lo que había pasado, no te iban a creer. Ni pensabas en la reunión con el de las zapatillas de Taiwán, mirabas a la gente pasar por la vereda y nada más. 

A la noche contaste todo por primera vez. Lo relatabas despacio, con muchos detalles, como si contaras una película. Parecía que al mismo tiempo que nos lo contabas a nosotras, te lo contabas a vos mismo, escarbando el significado de todo aquello. Cuando te levantaste de la mesa, yo me levanté también, porque prefería perderme la explicación de mamá. 

A la semana siguiente te acompañé a Santa Mónica a averiguar si era varón o nena. Fuimos en bici. Había un montón de señoras frente a la puerta de la casa y nos dijeron que era varón. Pero no quisieron mostrárnoslo por miedo a que le echaras el mal de ojo. Volvimos caminando, llevando las bicis de los manubrios. No dije nada, porque sabía que vos necesitabas pensar. 

Honrando a mi padre, en el primer aniversario de su muerte