Acerca de mí

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Soy escritora, licenciada y profesora de Historia y enseño Literatura en la carrera de Historia de la Universidad del Salvador. Además, coordino talleres de lectura. Para mí, leer y escribir son dos tareas inseparables. Nadie puede escribir si no ha sido y es un lector ávido y voraz.

A los nueve años, fascinada por los mundos de ficción que conocí a través de la lectura, empecé mi primera novela. Sucedía en una de las carabelas de Colón: el vigía veía tierra, pero dudaba de si lo que avistaba sería el territorio con el que se había empecinado su capitán o una trampa de su imaginación. Abría la boca para gritar “tierra, tierra”, y callaba. Volvía a abrir la boca para gritar y no lo hacía, hasta que llegó el cambio de guardia en el carajo. En ese momento se había levantado una bruma leve pero el nuevo vigía enseguida divisó la tierra y gritó sin duda alguna. Se la di a leer a mi padre. Recuerdo el instante en que lo abordé, su mirada sobre mi cuaderno rayado, de espiral, la tapa con cuadrados negros. También recuerdo mi grafía grande, que ocupaba todo el espacio entre renglones. Mi padre le encontró muchísimas faltas de ortografía a aquel primer capítulo. Entonces, desistí de escribir ficción hasta diecisiete años más tarde, cuando fui a un taller literario por primera vez. Entre una y otra experiencia, escribía un diario que solo yo leía. Eran cuadernos como el de aquella frustrada novela. Todavía conservo once de ellos.

En el secundario elegí Literature para los exámenes de Cambridge y, al momento de dar el examen que se llamaba A Level, me tentó analizar Hamlet. Shakespeare me alucinaba, viajé sola a Inglaterra y permanecí tres meses en Norwich, donde seguí profundizando Shakespeare. Un fin de semana de aquella estadía, tomé un tren a Stratford on Avon para ver Hamlet con un grupo de jóvenes estudiantes de filosofía. Pagamos una libra cada uno y presenciamos la obra de pie, desde lo alto: lo que los ingleses denominan Student stand by.

 

Al regresar a Buenos Aires empecé la carrera de Historia. No quise estudiar Letras porque entonces me parecía imposible contar con el talento necesario para escribir algo de la calidad de las obras maestras que tanto me gustaban. Pero continué analizando Hamlet con el profesor inglés John Carlin (link). Ingresé en la Universidad de Buenos Aires ya que, además de tener el mejor nivel académico, era gratuita, y me permitía acomodar los horarios para trabajar.

A los 19 me enamoré y a los 21 ya me había casado. Vivíamos en un departamento de 35 metros cuadrados y trabajábamos los dos. Yo daba clases de inglés. Primero en ICANA, el Instituto Cultural Argentino Norteamericano. Cinco años después solo enseñaba en forma particular porque ganaba mejor que en relación de dependencia. Ya tenía dos hijos y esperaba el tercero. También trabajaba para un corredor de seguros. Hacía lo que se conocía como “llamadas frías”: llamaba por teléfono a desconocidos que encontraba en las páginas amarillas de la guía y les ofrecía los servicios de resguardo, haciéndome pasar por su secretaria –como si me encontrara el microcentro y no en mi casa, con mi bebita durmiendo la siesta en su cuna–; exhortaba a extraños a asegurar sus casas, sus empresas e incluso sus vidas con este señor tan confiable.

Me llevó 12 años recibirme de profesora de Historia y uno más para Licenciada, después de defender mi tesis frente al gran historiador José Carlos Chiaramonte. Graduarme fue uno de los momentos más felices de mi vida. Nadie podía imaginar cuánto esfuerzo me había costado y lo importante que había sido lograrlo. Llegar a la Facultad de Filosofía y Letras, que se había mudado a Caballito, me llevaba dos horas en colectivo. A veces iba en subte desde el microcentro, donde daba clases de inglés en bancos y empresas. Con bebés y trabajo, tenía muy poco tiempo, por lo cual cursaba una o a lo sumo dos materias por cuatrimestre. Estudiaba en la plaza, en los largos viajes en colectivo, o en mi casa, de noche o mientras dos de mis hijos estaban en el jardín de infantes y la bebita siesteaba.

Cuando me recibí de profesora, envié C.V. a todos los colegios que encontré en la guía. Bastante pronto, me llamaron del colegio San Andrés y me tomaron gracias a que, además del título habilitante, hablaba y escribía perfectamente en inglés.

En esa época empecé a asistir al taller de Jorge Torres Zavaleta. La intención era redactar mi tesis de licenciatura (que debía contar con al menos 200 páginas) de una manera atractiva y que pudiera interesarle a alguien más allá del mundo de los eruditos de la Historia. En el primer encuentro, Jorge nos dio el ejercicio de escribir una escena con un personaje haciendo algo solo, en un lugar cerrado. Los demás asistentes pusieron manos a la obra y yo me quedé mirándolos, paralizada. Como por efecto de magia, apareció en mi mente el vigía de la carabela de Colón, su duda frente a lo que avistaba y su traba para gritar. Me temblaban las manos y se me había cerrado la garganta. Crucé las manos y tal era la debilidad que me había ganado que se me cayeron al suelo la lapicera y el cuaderno. Me paré de un salto y fui al baño para disimular lo que me pasaba delante de mis compañeros, que todavía eran extraños. Me miré en el espejo y vi a la chiquita que había sido a los nueve años. Las dos queríamos descubrir algo propio. Cerré los ojos, lloré unos segundos sentada sobre el inodoro y volví a la sala chiquita donde los demás escribían. Me dije: es solo un ejercicio. Narré una escena de José Gervasio Artigas sacándose las botas dentro de la carpa de sus amigos, los charrúas. Recuerdo la excitación de acceder a la intimidad de mi venerado Artigas; imaginar su anhelo, su bronca, la frustración y los miedos, quizá, que lo acosaran. Yo podía ser Artigas y mostrarle a otros el Artigas que conocía.

A pesar de que en la en la carrera de Historia no había nadie peor considerado que un escritor de “novela histórica”, y que aquella escena de Artigas y también la del vigía mezclaban la ficción con los datos verídicos, no me importó, como si de repente me hubiese percatado de una osadía que estaba en mí y que yo desconocía. No sabía qué podría pasar con aquella escritura pero íntimamente tuve la certeza de que quería asomarme a averiguarlo.

Al volver a mi casa sentí una felicidad inmensa, como si acabara de atravesar un umbral hacia una nueva posibilidad de mí misma: alguien valiente, acaso rebelde, que se atreve a hacer lo que siempre soñó. Pase lo que pase con el juicio ajeno.

Escribir era, y sigue siendo, para mí, una forma de pensar. Un experimento, una forma para tratar de entender algo del mundo en el que estoy. Leo ficción, no-ficción, filosofía, semiología, por gozo a la vez que para rozar un conocimiento.

Después de cinco años en el taller de Torres Zavaleta, pasé al de Guillermo Saccomanno. A continuación, al de Saccomanno y Juan Forn, juntos. Dos años más tarde empecé con Leopoldo Brizuela. Luego, con Marcela Solá. Después, con Damián Ríos, hasta que regresé con Leopoldo Brizuela. Mientras tanto, enviaba mis cuentos a concursos y obtuve varios premios, incluso un primer premio en cuento y otro, nacional, de novela. En 2007, Ediciones Del Dragón aceptó publicar un conjunto de relatos que titulé Chicas bien. En 2008 y gracias al Primer Premio Inarco a las Letras, Ediciones Del Dragón publicó El mismo río, mi primera novela.

Escribí cuatro novelas: El policial Los caimanes, de 2009, primer finalista en el concurso BAN!, Buenos Aires Negra, 2014, convocado por la editorial Del Nuevo Extremo. También salió finalista en Córdoba Mata 2016. Continúa inédita. Por la novela Las Pereira obtuve el Primer Premio Municipal, bienios 2009/11, especial Eduardo Mallea de novela inédita, por el cual recibo un subsidio mensual de por vida. Sigue inédita. El deseo, mi última novela, también sigue inédita. Mi libro de relatos Juego de mujeres fue publicado en 2015 por Alción Editora y la crónica La 21/24, una crónica de la religiosidad popular frente al desamparo, salió en noviembre de 2016, en Ediciones Continente. Para este último libro, pasé dos años y medio investigando y entrevistando a los protagonistas de la historia, una historia de inmigrantes que llegan a la ciudad de Buenos Aires en busca de trabajo.

Acabo de terminar el guión de El mismo río, que trabajé con Sergio Dubcovsky.

He coordinado talleres en EMA –Esclerosis Múltiple Argentina–, en el Bar Bollini, en la Unidad 24 del Penal de Florencio Varela. Actualmente, coordino tres en mi casa y otro en el Centro de Contención de Madres de Adictos al Paco en el barrio Villa 21/24.

Ahora estoy escribiendo una novela histórica y columnas para las revistas digitales Pensamientos literarios y Tren Insomne; y reseñas para Otra parte semanal.