Camino a casa, de Lila Gianelloni, es un libro de catorce relatos en los que las historias se desplazan desde el mundo de la infancia al de los adultos sin pausa ni matices, porque el mal y el bien anidan en ambos por igual. La anagnórisis aristotélica actúa en ellos como un principio rector: en un instante, el o la protagonista reconoce algo fundamental sobre su propia identidad o la de un ser querido. Un velo se descorre y descubre una verdad íntima o, por qué no, el propio destino.

En “Perdido”, un niño se extravía en la playa y de pronto el gesto conocido y frecuente de quien ayuda a buscar a sus padres va mutando lentamente hacia el horror. En “La siesta”, dos niñas se escapan a la hora del letargo y la maldad de los adultos les arranca de cuajo la inocencia. A partir de una muñeca sin ojos (“Una muñeca”), unos niños, hermanos o primos entre sí, que parecen estar solos en una casa de veraneo, hurgan en el pasado familiar que podría esconder un secreto o algo no explorado que quizá se corresponda con la violencia del amor. La eficacia radica en lo no dicho, que golpea como un mazazo, y también en el tono, de una sencillez despojada.

Es que la vida humana contiene demasiado misterio, más del que los seres humanos podemos sobrellevar, y hacia esa zona oscura se dirige la búsqueda de la autora, cuyas historias se internan en un territorio ominoso que escamotea el punto de partida y parece ignorar el de llegada. En “Una fuerza de la naturaleza”, una mujer se aferra a la vitalidad de otra, más vieja, con una edad cercana a la madre recién perdida, por si esa fuerza pudiera revelarle aquello que no puede comprender. Y acaso ese sentido sea tan inaprehensible y absurdo como la historia de “El rojo”, en la que un hombre es asaltado en el momento en que se dispone a suicidarse.

Sin embargo, no faltan los personajes que se sujetan sin dudar a sus convicciones o a sus certezas. Es el caso de la madrastra de “Orelí”, que rotula de mala a su hijastra y, como no podía ser de otro modo, su hijo propio comenzará a pensar y actuar con la misma capacidad de simplificación, que casi siempre conduce al avasallamiento. Al contrario, en “Una gallina”, un ciclista rescata a una gallina de la muerte a pesar de estar hambriento, por lo que la subordinación de los animales a la voluntad humana no se convierte en una obviedad, tal cual ocurre en la vida corriente.

Gianelloni nos presenta personajes en situaciones irresueltas o con reacciones impredecibles que nos inquietan. Como si el conocimiento de lo más profundo de nosotros mismos sobreviniera en ese momento único que nos enseña algo crucial o nos cambia la vida. Un modo de ilustrar la fugacidad inherente a la vida humana: igual que una mariposa, es efímera y pasible de la metamorfosis que deviene en crecimiento y aprendizaje. Ese es el eje del relato “Mariposa azul”, en el que el hermano de la narradora se aleja de la ciudad y del progreso para buscarse a sí mismo. Cinco años después ella viaja al corazón de la selva a tratar de recobrarlo, asirlo, retrotraerlo a cuando eran niños y la vida adulta, lejana y por ello, irreal. Ahí, hay una hermosa mariposa azul que encarna la fragilidad del amor, que, aun perecedero, posee la belleza que todo lo colma.

Son instantes decisivos y epifánicos, y si la memoria logra recuperarlos y transformarlos, quien los vive ya no será el mismo o la misma. Como si esa revelación de la propia identidad caminara a casa, donde se encontraría el origen o el comienzo de todo. ¿O no llamamos a la propia casa, “casa”, sin necesidad de pronombres posesivos? En el último cuento, la narradora vapor última vez a la casa de su infancia, que ha cambiado pero que para ella sigue siendo inconfundible: representa la vida después de la muerte de su madre. Muy pronto su padre volvió a casarse, a ella la invadió la orfandad y solo pudo encontrar calidez dentro sí o de su hermano. Dice la narradora, en un pasaje: Estando lejos, prefería esforzar mi mente, exigirle que me transportara a otro espacio, a un lugar conocido como era mi casa, lejos de la habitación de un hotel frío donde, en la noche, en medio del sueño, vislumbraba movimientos que no comprendía.

Estos relatos alumbran vínculos familiares, de amistad, espacios tangibles, comunes a cualquier experiencia, y otros, invisibles, que se vuelven sombríos y amenazantes. Los explica el concepto freudiano de lo siniestro –das unheimliche–: lo que nos rodea es familiar y conocido, aunque en apariencia, porque al instante deja de serlo y vuelve incomprensible la noción misma de “lo real”. Al mismo tiempo nos conmueven por el candor y la sutileza con que nos abandonan inermes frente al abismo, y porque ofrecen esa calma que deja entrever una forma de la verdad.

Camino a casa
Lila Gianelloni
Obloshka, 2022
112 págs.

Publicada en El Diletante

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