El fin de la historia de Liliana Heker

Suele ser frecuente que, en el recorrido de nuestras vidas, pero sobre todo en los primeros años, nos sintamos muy cerca de alguien y que, a medida que el tiempo pasa, la imagen de esa persona cumpla la función del espejo en el que interpelamos nuestra identidad. Es el caso de Diana Glass y Leonora Ordaz, protagonistas de El fin de la historia, íntimas amigas desde la infancia. Han compartido el barrio, la escuela primaria y luego la Escuela Normal, de donde egresaron como maestras, y desde la adolescencia, idénticos ideales de izquierda. Diana adora a su amiga, la seducen su personalidad y su carisma.

Comienzan los años setenta y su fascinación no la deja ver que, más allá de que Leonora se inclinó por la militancia y ella aspira a convertirse en intelectual, algo más las distancia. Una mañana, mientras toma mate en la cama y lee el diario, se encuentra con la noticia de la participación de Leonora en el robo de un camión cisterna. El objetivo posterior era cargarlo de nafta y hacer explotar el palco oficial donde el presidente argentino, el uruguayo y sus comitivas presenciarían el desfile por los festejos del 9 de Julio. Después de este hecho, Leonora pasa a la clandestinidad y Diana queda aturdida, comprende que, aunque comparte los ideales de su amiga, no tiene derecho a aspirar a la revolución porque no sería capaz de robar un camión cisterna para convertirlo en bomba. Si ellas dos formaban una unidad perfecta, si parecían un todo indivisible, ¿en qué momento dejaron de serlo?

La literatura, desde tiempos inmemoriables, ha tratado profusamente el tema del otro, el semejante, el doppelgänger, el alter ego, con el que nos identificamos y también rivalizamos. El más común es esa suerte de gemelo malvado que creó Dostoievski en El doble, aunque también ha ligado a dos personajes que comparten características y valores, como en Mrs. Dalloway de Virginia Woolf. En ese caso, hay un instante decisivo en el que se produce un giro de disociación cuando el o la protagonista toma conciencia de la separación de las dos mitades, como le sucede a Diana en El fin de la historia. Hasta entonces se sentía de tal modo cautivada por Leonora que la veía alta, bella, carismática, alguien que se “bebe la vida hasta el fondo de la copa”. Cuando en octubre de 1976 Leonora desaparece, la culpa de estar viva impulsa a Diana a escribir la historia heroica de su amiga, en el punto más alto del heroísmo, que es el de quien da la vida por la causa del pueblo. Quiere insertarla en la Historia Nacional pero no sabe cómo contarla. Parece ser una historia sobre amigas que son idénticas hasta que un día dejan de serlo. Escarba en la memoria risas, abrazos, confidencias, pero duda respecto del comienzo y luego también del final. Y en eso está cuando de repente recuerda un momento clave: Leonora ha pasado a la clandestinidad y ella, muerta de miedo, la espera hasta que su amiga se acerca y la ve como una extraña.

En El fin de la historia acompañamos el proceso de escritura de la novela, estructurada en tres niveles: la historia que Diana quería contar, la vida de Leonora secuestrada y su traición posterior y el cuestionamiento metaficcional. La narración se va construyendo delante de nuestros ojos. Por un lado, con la memoria de infancia de las amigas nacidas en los años 40, adolescentes en los 60 y el derrotero político de la generación de los 70. Es la historia que quiere y no puede escribir Diana y que comparte en un taller literario. Por otro, con un lenguaje parco, corroído de jerga militar, el testimonio de Leonora a Diana, a quien le relata su experiencia de militante apresada y torturada, en absoluta soledad, luego enamorada de su torturador, con quien colabora. Por último, los interrogantes que plantea el relato: cómo se narra una historia de infamia y traición, cómo se hace literatura con los retazos de la memoria, el testimonio y la irrupción de la Historia con mayúscula en la historia personal, íntima, privada.

La metaficcionalidad comienza desde el título, que alude al proceso creativo. Fin de la historia en el sentido de final a la vez que de finalidad, propósito, intención. Porque al estar desaparecida, la vida de su amiga carecía de cierre, y al aparecer, cambia la significación de lo narrado y el objetivo del proyecto de escritura. El planteo alude a El fin de la historia y el último hombre, de Francis Fukuyama, de 1992, y la tesis de que la lucha de ideologías ha terminado con la caída del Muro de Berlín, el fin de la Guerra Fría y el triunfo de las democracias liberales que caracterizó a esa década.

El fin de la historia incita a reflexionar sobre lo que compone una novela: quién narra, cómo y para qué lo hace, qué rol cumplen en las tramas con sustrato histórico la memoria y el testimonio, hasta qué punto llega la ficción con sus recursos y procedimientos y cuál es el significado que esconde la trama. Quizá Diana no pueda contar la historia de Leonora porque está demasiado cerca de ella y deba hacerlo un narrador menos afectado, alguien a quien los sentimientos no le enturbien la visión. Y aquí interviene su teoría poética, la del miope: quien de lejos ve borroso compone la realidad a partir de algunos elementos de certeza indudables y de otros, más difusos, que completa con su imaginación. El apellido de Diana es Glass, “vidrio” en inglés, alude a los anteojos que ella hasta el final se niega a usar porque su percepción embellece la realidad. Al descubrir que Leonora no es la heroína que daba la vida por el pueblo, Diana tiene que ajustar su perspectiva a una verdad que jamás podría haber imaginado, y eso mismo es lo que sucede en el proceso de escritura. En cuanto se topa con Leonora viva, beberse la vida hasta el fondo de la copa ya no significa dar todo por sus ideales sino que, de cara a la muerte, su amiga haya elegido la vida a cualquier costo. El cambio en Leonora perturba a Diana al punto de cuestionarle su propia identidad y entonces los últimos capítulos se cargan de ironía. En un café, la escucha acomodar su discurso y decir que viva era más valiosa para la causa y para su hija. Que no: que nunca se le cruzó la idea de escapar. Escapar de qué, me pregunta… De pronto estaba ahí con su sonrisa inalterable hasta la repugnancia, sentada ante mis ojos en una mesa de la richmond y hablándome del proyecto popular de un Almirante y de sus arrullos de torcaza con un torturador. A su esposo, que un día llegó baleado a donde Leonora estaba secuestrada, no lo asesinó el torturador de quien ella se había enamorado, porque, dice, en un operativo cada uno es un engranaje, por lo que lo releva de toda responsabilidad, se ampara en él y le ofrece su compañía y su colaboración.

La primera edición de la novela, en 1996, suscitó una gran polémica. Ese año se cumplía el vigésimo aniversario del golpe militar que instauró el terrorismo de estado; apenas un año antes el excapitán Scilingo revelaba los detalles de los vuelos de la muerte y el general Balza hacía pública la autocrítica que le cabía como Jefe de las Fuerzas Armadas de ese momento y, además, le asignaba su cuota de responsabilidad a la sociedad civil. Todo ello reactivó la teoría de los dos demonios y alentó la discusión y la revisión sobre el uso político de la violencia. Un poco antes habían surgido varios títulos testimoniales de sobrevivientes de los campos de concentración y de exiliados, como Recuerdos de la muerte, de Miguel Bonasso. En ese contexto, muchos leyeron la novela literalmente y le criticaron a Heker que escribiera sobre una traidora, alguien quebrado por el terror. También, que Leonora fuera un personaje reconocible en la realidad. Esa postura le quitó el derecho de elección como escritora y, además, incurría en un grave error: confundía a la autora con la narradora. “Lo que he tratado –y espero que se entienda, respondió Heker entonces en una entrevista de Graciela Daleo para Radar– es de producir, ante todo, un hecho literario: de fundir los bordes entre la ficción y la realidad”. A ello también refiere el título, que coloca en tensión el significado de Historia e historia; la del conjunto de una sociedad y la de orden personal.

Para el pensamiento de izquierda, el fin de la Historia es el que expresa  la Fenomenología del espíritu, de Hegel, presente en cada instante del proceso histórico, carente de cierre, y que fuera reinterpretado por Francis Fukuyama en el libro ya citado. La novela también debate con la Historia cristalizada que coarta la posibilidad de interpelarla. “Me interesa la polémica, las he mantenido desde muy joven, nadie mata ni muere en una polémica, hay una confrontación de ideas, uno no polemiza con su enemigo. Creo enormemente en la discusión. La discusión fue para mí un acto de vida en medio de tanta muerte”, le dijo Heker, en 2017, a Violeta Gorodischer para la revista Anfibia.

El testimonio de Leonora vacía de sentido el texto de Diana y lo carga con preguntas. Esa es la función de la literatura: plantear interrogantes. Diana deberá ponerse anteojos para ver a su amiga con renovada nitidez y, en el proceso, hará lo mismo con la memoria. En un pasaje, evoca una situación de la infancia en la que Leonora pequeña ya fue capaz del cinismo para ser protagonista, fue capaz de actuar “políticamente” con tal de ser admirada aun por quien despreciaba. Diana va a ir ajustando su visión y su memoria para ver a una nueva Leonora, pero de todos modos, si ella no es capaz de contarlo, no descarta la posibilidad de que otro u otra se acerque a esa circunstancia histórica con otra perspectiva y sin el sentimiento que a ella le ha nublado la mirada. Esa tercera protagonista es una mujer 30 años mayor que ambas amigas, una vienesa llamada Hertha Bechofen que huyó del nazismo, por lo que es experimentada en quiebres discursivos. Ella no solo ve la historia de Leonora sino también la de la conmoción que provoca en su observadora Diana. Si a ti no te viene bien escribirla la escribiré yo, hace tiempo que andaba en busca de un personaje interesante, ahora tengo dos, le dice.

El fin de la historia es una novela compleja, con varias capas de lectura, que busca compartir con el lector su construcción y las mutaciones a las que la someten sus protagonistas, una transformación que opera en tanto la protagonista-observadora necesita comprender la transformación de la protagonista-observada, escrutarla y reconocer el efecto que le produce su reflejo. A pesar de que el texto está compuesto de forma fragmentaria, se sostiene gracias a una sólida estructura con el aporte de dos voces narrativas trenzadas de modo impecable –en primera persona y en bastardilla el cuaderno de Diana con el texto que intenta escribir, y en tercera ella misma o la Bechofen, el otro personaje menos conmovido por la narración– que se permean, interrumpen y comentan mutuamente.

Por último, además de la ironía, quien narra apela a la ambigüedad, otro componente vital para entender la dificultad de escribir sobre hechos no solo recientes y polémicos sino que marcaron un antes y un después en la Historia argentina. Y si ello fuera poco, con una visión crítica y carente de la ubicuidad o de la corrección política que se le reclama a veces a la literatura. Aunque quizás esta exigencia deba evaluarse como el riesgo inevitable de transitar por esa frontera lábil que separa a los acontecimientos políticos de la ficción literaria que los representa e interpela.

Publicada en El Diletante el 18 de enero, 2023

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