¿La intimidad con otra persona aplaca la soledad? Katie Kitamura explora esta pregunta en su novela Intimidades, la historia de una joven intérprete con un contrato de un año en la corte de La Haya. Esta joven aceptó el trabajo con el deseo de salir de Nueva York luego de que muriese su padre y que su madre repentinamente se mudara a Singapur. Llega a La Haya feliz de haberse ido de Nueva York; ya que no se sentía neoyorquina porque tuvo una vida nómade hasta que la enfermedad de su padre retuvo a la familia ahí. Durante los primeros meses se hace amiga de Jana y empieza a salir con un hombre, Adriaan.

La relación entre la protagonista y Adriaan es el pivote para incursionar en torno de las distintas formas de intimidad. La soledad en la vida de la mujer actual es una de las temáticas centrales de la novela, a lo largo de las páginas se puede percibir una sensación de vacío que transmite la protagonista. Empieza en su relación amorosa, el peso que ésta adquiere a la hora de sentirse a gusto en la ciudad. De modo simbólico, el departamento que alquila es demasiado grande e impersonal y expone el vacío que le dejan los vínculos confusos que entabla.

En relación al trabajo de la protagonista, es necesario saber que la Corte internacional de Justicia decide las controversias jurídicas entre los Estados y emplea gran cantidad de intérpretes, de distintas lenguas.  Prevalecen el inglés y el francés. Este tribunal se ocupa exclusivamente de crímenes atroces contra la humanidad como los de guerra y genocidios. La narradora-intérprete-protagonista domina esas lenguas como una nativa y también el japonés, por sus padres. Para ella, la interpretación otorga intimidad al unir la brecha entre dos lenguas, hacer de puente entre dos culturas, descubrir lo velado. Pero al mismo tiempo, la traducción debe ser lo más precisa posible y no permitir que se filtren los sentimientos. En el tribunal los intérpretes trabajan en cabinas alejadas de los acusados, fiscales y defensores, y la interpretación se da de forma aislada a través de micrófonos. En caso de que se los requiera en el centro de detención, lo hacen cara a cara y en el oído del acusado. Eso parece representar una situación de suma intimidad entre dos personas desconocidas, una de ellas, un supuesto autor de crímenes terribles. Las escenas que muestran a la protagonista en una situación como ésta nos lleva a preguntarnos si ella no alcanza mayor intimidad con el genocida desconocido que con Adriaan.

La novela abre varios hilos narrativos atomizados que sostienen la tensión de la lectura: la narradora tira de estos hilos como si detrás de ellos encontrara respuesta a la necesidad de permanencia o de estabilidad. Hay un personaje muy bien logrado, un manipulador que aguijonea esa búsqueda: el tipo de personas que, al igual que el expresidente capaz de vejaciones atroces, conocen en profundidad el comportamiento humano y son capaces de manipular a otros. Las escenas fuera del tribunal, que consisten en cenas o eventos sociales de burgueses cultos, no nos muestran demasiado sobre la sociedad holandesa, solo las relaciones superficiales que entablan los personajes, en las que nadie parece decir lo que en verdad piensa.

El lenguaje de la novela es transparente y fácil de seguir (con traducción de Aurora Echevarría). Logra una sensación de intimidad entre el lector y la narradora, aunque no llegamos a conocerla. Ella va tejiendo momentos de exposición de la intimidad entre las personas: hay aparentes, como el sexo furtivo y clandestino en el baño de un restaurante, y desesperados, como la intención de desaparecer sus rastros en la casa de su novio mientras él está ausente para que ella “ni se note”.

Intimidades es la cuarta novela de Kitamura y, como las anteriores, expone la ambigüedad del lenguaje y los riesgos de la mala comunicación. En esta oportunidad, esas temáticas se plasman en una configuración de la intimidad como algo elusivo o relativo. De cualquier modo, la autora no se preocupa por dar respuestas, sino seguir preguntando, como si viviéramos en una época sin certezas morales, ni filosóficas.

12 de julio, 2023 Publicada en El Diletante

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