San Miguel

Cuando Carlotita murió, Andrade heredó “San Miguel”, el campo en la bahía de Camarones en el que su mujer había vivido en sus años de infancia. Se enteró por un escribano, mientras hacía uno de los tantos trámites de defunción para legalizar su ausencia. Ahora, siete meses y medio más tarde, miraba el mar inmenso, rizado y de un color blancuzco, como de lana, desde lo alto de un acantilado, y comprendía, con pena, que no había conocido a la mujer a la que había amado durante dieciséis años. Se preguntaba si no habría sido su propia culpa, mientras el viento le barría las lágrimas hacia las sienes y se las secaba con el dorso de la mano, los puños cerrados.

Carlotita no había querido volver a ese lugar y recién ahora, en soledad, él creía entender la razón de aquel silencio. Parecía como si el abismo entre sus pies y el mar se hubiera abierto entre él y el recuerdo de su mujer, y que lo que permanecía fuese completamente fatuo, sin sentido. ¿Cómo habían hecho para convivir dieciséis años, haber criado dos hijos y permitir que un secreto se tendiera entre los dos como algo natural, inevitable? Todo se mezclaba: el dolor inicial por su muerte, la preocupación por sus hijos, el cansancio y también el hartazgo por las entradas y salidas del hospital, las noches en vela y, de repente, la noticia de que ella era dueña de un campo en Chubut, al parecer de poco valor, pero un campo al fin.

Le vino a la cabeza una conversación cuando se conocieron y él le preguntó por qué había ido a parar a Lomas de Zamora si se había criado en Chubut. Ella le contestó encogiéndose de hombros, como si se tratara de una pregunta redundante, una obviedad, ya que todos los provincianos desean venirse a la Capital. Andrade había permanecido quieto, mirándola fijo, abrazándola con la mirada. Porque él había sido capaz de percibir congoja en los gestos de aquella chica de carácter fuerte pero reticente. Salí a buscar un paisaje nuevo, le dijo esa noche, en tono vivaracho, y le besó la oreja. Después susurró que hacía poco había leído en alguna parte que el verdadero acto de descubrimiento no consistía en salir a buscar nuevos paisajes, sino en aprender a ver los de siempre con nuevos ojos. ¿Usted qué dice, Andrade?, le preguntó, tomándole la cara entre sus manos. A él lo derretía que Carlotita lo tratara de usted, que lo llamara por el apellido, que le mordisqueara la oreja. Ahora, analizando aquella escena como si mirara una película, Andrade se percataba de que debió advertir en la sonrisa de su mujer una mueca enigmática, sombría, acaso anunciándole que escondía un secreto. Pero él no había dicho nada, extasiado por el cosquilleo en la oreja, por ella, por su intención de seducirlo. Seguramente, se decía ahora, si repasara otras escenas como esa, encontraría otros indicios a los que no les había prestado atención.

Se sentó sobre una roca, apoyó los codos sobre las rodillas y se tomó la cabeza con las manos. Se le aparecían imágenes y frases de Carlotita una detrás de la otra. Fue entonces que entendió por qué ella machacaba con tanta vehemencia que nunca había que dar nada por sentado. Menos aún el amor. Estaba seguro de que lo había dicho por primera vez cuando estaba en segundo año de la carrera de instrumentación quirúrgica. Enseguida le mostró los apuntes del día de una materia (creía que era medicina forense o algo de ese estilo) y sonrió, le parecía ahora, con la misma sonrisa forzada. Sostenía a su hijo mayor en brazos, que era entonces un bebé, y estudiaba, con sus anteojos puestos, mientras lo mecía para que no llorara. Porfió: buscando las cosas inciertas, Andrade, perdemos de vista las más concretas. A él no le interesaba la medicina, menos aún la forense. Entonces le replicó: justamente, Carlotita. A esta altura deberías saber que lo único cierto es que te amo. Y Carlotita saltó de la silla con el bebé en brazos como si hubiese recibido una patada eléctrica. Envolvió al bebé con desesperación y dijo que no había nada menos cierto o evidente que el amor; ni siquiera el paternal, insistió.

¿Podría él haber presumido algo, entonces? Él se había aprovechado de la gratitud de Carlotita, pensaba ahora. Porque nunca dudó de ser su más confiable y cercano confidente. Ella le había contado un secreto solo a él (y ahora venía a comprobar su veracidad) y era que no había sido feliz en el campo. Que su padre, un vasco de nombre Juan José Fracaso, había venido a la Argentina con su madre y con ella, recién nacida, y se habían instalado en Rawson, en la provincia de Chubut. Cuatro años más tarde era propietario del campo en Camarones que él acababa de heredar de su hija, que llamó “San Miguel” en honor al ministro Miguel Cárcano, quien había firmado el pase de tierras fiscales a su nombre. Andrade sintió que ella lo distinguía con su confianza cuando le contó que no había sido feliz después que murió su madre. Se lo contó otra noche de verano, sentados en una mecedora de hierro en el jardín de la casa de Lomas de Zamora. Era una de esas noches de marzo en las que el calor pone la piel pegajosa.

Andrade percibía su desasosiego. A veces hablaba de esquilas de ovejas, otras contaba cuentos de cazas de peludos, piches o ñandúes, y aparentaba excitarse con los recuerdos. Pero la única vez que Andrade cayó en su red de nostalgia fue cuando contó su encuentro con un lobo marino una vez que caminaba sola por la bahía. No le tuve miedo, dijo Carlotita, y miró a Andrade a los ojos, como haciéndole, con la mirada, una confidencia especial. Supo que se trataba de un macho, por su tamaño. Los machos pesan el doble que las hembras. Llegan primero a las playas a establecer territorio. Después entran en combate por las hembras. Todo lo contaba en un tono solemne y lacónico, como si la tristeza le escamoteara la voluntad de proveer información pero, al mismo tiempo, hiciera el esfuerzo por pintar su infancia tan feliz como procuraba que fuera la de sus hijos.

Todos sabían que su madre, Doña Marisol, había muerto en el campo cuando Carlotita tenía doce años. Que su padre y ella la enterraron en el cementerio que su padre había construido en el campo. Fracaso, “el Vasco”, como lo conocía todo el mundo, se había encargado de conseguir un cura que bendijera aquel rectángulo de tierra para que fuese camposanto. Y que a los diecisiete, cuando él murió, Carlotita había viajado a Buenos Aires a la casa de unos parientes del capataz, en Lomas de Zamora, que la alojaron hasta que se casó. Andrade tuvo siempre la certeza de que, casándose con ella, además de darle amor y seguridad, la había rescatado de una vida dura y sin perspectiva, porque la gente que la alojaba, por más que de la boca para afuera la considerara una hija, la trataba como a una empleada doméstica.

Ahora sentía que su mujer había retaceado gran parte de su vida en Chubut. ¿Había sido feliz, a pesar de todo? La recordaba trabajando como instrumentista. Quizás haya sido el momento más pleno de su vida, pensaba. A lo mejor los dos hijos fueran su manera de retribuirle ese amor incondicional que él le manifestaba, ya que –ahora se le ocurría pensarlo – no había sido una mujer especialmente maternal.

Andrade había viajado por primera vez a San Miguel en el mes de julio, tres meses después de la muerte de su mujer. En el campo lo esperaba el encargado, Ramón, que había reemplazado al capataz cuando este se jubiló. Había estado hablando con él durante esos tres meses y así se había enterado de que Juan José Fracaso no había muerto cuando Carlotita tenía diecisiete sino hacía apenas cuatro años, y que Ramón reportaba a Carlotita sobre los asuntos del campo. Él mismo había enterrado a Don Juan José en el cementerio junto a su esposa. Apenas Andrade le dio la mano, Ramón le había dicho:

–Tiene que cuidar el cementerio.

Sin embargo Andrade, que estaba todavía muy afectado por la pérdida de su mujer y quería alejarse de la muerte, quiso extirpar el cementerio del campo y mudar los cuerpos de sus suegros al cementerio municipal de Camarones.

–Comete un grave error –dijo el encargado y miró el suelo seco y gris.

Antes de regresar, Andrade dio la orden de que la mudanza se llevara a cabo. Por teléfono se enteró de que una fría tarde de aquella misma semana, la ambulancia había llegado con el chofer, un ayudante y una enfermera, como marcaba la legislación. El tiempo desmejoró ni bien arribaron y a partir del momento en que el chofer y el ayudante empezaron a mover los ataúdes, se había largado a llover con truenos y rayos. Anochecía. El chofer decidió partir y la ambulancia quedó encajada en el medio del monte. Fue a buscar ayuda a la casa mientras la enfermera y el ayudante lo esperaban en la ambulancia. El chofer regresó en plena noche con la ayuda necesaria para salir de la situación y encontró a la enfermera con una crisis de nervios. Tronaba y llovía, algo muy inusual, ya que esa zona es casi desértica y las lluvias son excepcionales. La ambulancia partió en medio de la oscuridad y la tormenta, sin haber podido realizar el traslado. Andrade regresó al campo al mes siguiente y vio el mausoleo apenas se detuvo en la tranquera, porque el cementerio quedaba al costado del camino de entrada. Cuando llegó a la casa, iba a pedirle ayuda a Ramón pero este se le anticipó:

–Se lo dije. Lo previne de que no trasladara el cementerio.

En el primer viaje no había pensado quedarse con el campo. Pero ahora estaba interesado en la idea, le parecía una manera de recuperar parte del recuerdo de su mujer; quería encarar el arreglo de la casa para traer a sus hijos en el verano. Cuando entró, apenas traspasó la puerta de entrada, se le dio por revisar todo como descubriendo a su mujer detrás de cada cacharro, cada manta, cada libro, siempre bajo la mirada severa de Ramón.

Andrade sintió un repentino remordimiento. Carlotita no habría permitido tirar abajo el mausoleo. Se prometió recuperarlo. Antes de irse, se lo dijo a Ramón, y le pidió indicaciones para llegar a la casa de Tancredo, el capataz de San Miguel cuando Carlotita vivía allí.

Tancredo era un hombre de pelo blanco y piel gruesa. Tenía ojos muy pequeños que casi no se veían por el pellejo que caía sobre los párpados. Las arrugas a los costados de los ojos tomaban la forma de una espuela. Andrade le explicó quién era y el hombre pareció conmoverse. Lo hizo pasar a una sala despojada con olor a engrudo, una mesa de fórmica al lado de la ventana y dos sillas y, entre ellas, una bañadera como macetero, con dos helechos que desbordaban sus hojas hacia afuera.

–Mis primos me contaron de usted –le dijo a Andrade–. Buena gente, dijeron. Yo a la Carlota la quise como a una hija. Es que ella vivió acá mismo, con mi señora y mis chicos, hasta que se fue para la Capital. Lo que pasa es que la piba quería estudiar. Era una muchacha ambiciosa. ¿Gusta un mate?

– ¿Carlotita vivió acá?

Tancredo se persignó: –Unos meses después de que falleció doña Marisol se vino para acá.

– ¿Y su padre lo permitió?

Tancredo miró el suelo. Apoyó un codo sobre la mesa y la cabeza sobre el puño. Sin levantar los ojos, dijo:

–Por la escuela, vio.

Después cebó unos pocos mates con los ojos fijos en lo que hacían sus manos.

Andrade esperó mientras se acordó del viaje de Carlotita dos años antes, para ver a un oncólogo en Chile. Él no había podido acompañarla.

– ¿Carlotita estuvo acá en septiembre, hace dos años? –preguntó.

– ¡Qué alegría nos dio! –exclamó Tancredo, y la expresión rompió el hilo monocorde de sus pocas palabras.

Qué sentido tenía ahora haberla amado tanto, se dijo Andrade, si él había sido un extraño para ella.

–¿Por qué Carlotita vino a vivir con ustedes? –preguntó de golpe.

Tancredo agachó la cabeza y comenzó a rozar el suelo con los pies. Ninguno de los dos dijo nada durante un rato largo, hasta que Tancredo masculló, en una voz tan baja que Andrade casi no lo oyó:

–Don Juan José fue siempre muy buen patrón –resopló–. Después tomó mate y volvió a agachar la cabeza: –Un hombre muy respetado acá en Camarones. Lo que pasó allá en San Miguel nadie lo creía de él. Carlota era su hija, su única hija. Esas cosas no se hacen. Ella se vino una noche caminando desde San Miguel hasta acá. Escondida, por las sierras se vino. Desde ese día nunca más volvió con su padre. El resto, usted ya lo sabe.

Andrade lo miró, sintió un peso enorme en su cabeza, el mundo parecía derrumbarse y él era el único para sostenerlo.

Ahora miraba el mar blancuzco, el abismo del acantilado se quebraba delante de sus pies. Imaginaba reproches ya tardíos a su mujer por haberle ocultado aquel horror. Sintió ganas de envolverla en sus brazos de una manera que le parecía distinta a como la había abrazado siempre.